Nació en Rosario, Argentina (1963), donde se graduó en traducción literaria y técnico científica de inglés, italiano, español. Desde los años noventa está radicada en Italia. Es miembro de REMES (Red Mundial de Escritores en Español), miembro correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela y de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela). También es miembro de EWWA (European Writing Women Association) y de ISA (International Scriptwriters Association). Formó parte del Equipo Editor de la Revista Literaria digital Palabras Diversas durante varios años hasta el momento de su cierre en 2015.
 

CONTACTO:

andrea.zurlo09@gmail.com
web: andreazurlo.wix.com/andreazurlo
https://www.facebook.com/andreazurlo0/

 

 

OBRA LITERARIA:

“El Sendero de Dante”, fue editada por la Editorial Jirones de Azul; Sevilla, España, Mayo 2007. Su relato “Los cautivos” fue publicado en digital por la editorial digital “Publicatuslibros.com”, (en línea), Mayo 2007. www.publicatuslibros.com

En 2007 fue publicada su novela "El Sendero de Dante" por la editorial Jirones de Azul, Sevilla (España). Esta misma novela fue incluida en el programa de Maestría en Literatura Iberoamericana, seminario “Narradoras iberoamericanas de la sensibilidad creadora a la técnica” dictado en 2008 en la  Facultad de Humanidades y Educación, Universidad de los Andes (Mérida, Venezuela). El mismo año fue invitada como miembro del Jurado del II Certamen Internacional de Relatos “La Cerilla Mágica”, convocado por Publicatuslibros.com y patrocinado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, España.

También participó con textos de su autoría en varias publicaciones colectivas: “Antología Internacional Sensibilidades Oro”; (Alternativa Editorial, Madrid–Galicia, España, 2005). “II Antología de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela): Relatos de humor sin extrema-unción” (2005 y 2006); en la “III Antología de la Asociación de Escritores de Mérida, Venezuela: Entre Eros y Tánatos” (AEM/CONAC, CENAL, 2006 y 2007); y en la “Antología Deleite Literario II (para jóvenes)” (CENAL – FUNDALEA, Venezuela, 2006-2007); Colaboró con un relato en “Otros Lugares”, libro colectivo de relatos, publicado en digital por la editorial “Publicatuslibros.com”, Febrero 2007. También ha colaborado en antologias en Italia.

Sus relatos y artículos han sido publicados en numerosas revistas literarias (Letralia, Delirium Tremens, Noticias cada día, Red Margutte, Asterischi.com y otras) y su relato "El Engaño" obtuvo una mención especial en el III  Concurso Internacional  de Poesía y Narrativa “Uniendo Fronteras  2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano (Argentina).

En el campo de la escritura cinematográfica ha cursado estudios en Italia (con el crítico de cine Giovanni Bogani) y en España con el famoso maestro de guionistas Valentín Fernández-Tubau.
Su labor actual prosigue en el campo de la narrativa y de los proyectos cinematográficos en el que hasta el momento tiene realizado un cortometraje (Broken Dolls) y un largometraje (El Altillo).

Su última novela "El reposo de la tierra durante el Invierno" ha sido finalista del Premio Planeta 2016.

 

 

 

LA MUERTE (VERDADERA) DEL HOMBRE ARAÑA

Encerrado en su cuarto no hace más que comer toda clase de basura y echar barriga, anclado frente al televisor, aislado en su suciedad y dejadez. ¿Qué más le queda por hacer?
Está gordo y pelado, el trajecito de hombre araña cuelga de un clavo detrás de la puerta. Seguramente no le cabe, pero, ¿para qué le sirve? Para nada, ya nadie lo necesita,  hasta las arañas se las arreglan mejor que él tejiendo sutiles geometrías en los rincones de su cuarto.
Hoy día nadie recuerda a los verdaderos superhéroes de un tiempo. Ellos, con sus caras limpias y angulosas,  poblaban la vida y la imaginación de niños y adultos y, con gran dignidad, discreción y decoro, salvaban el mundo. ¿Quién recuerda a la Mujer Maravilla? Nadie. Es verdad que está irreconocible y que se le agotaron los poderes, pero ella sostiene que ya nada justifica sus afanes.
El pobre Súperman fue cancelado a fuerza de criptonita y videojuegos, que en paz descanse. Para no mencionar a los demás superhéroes que quedaron olvidados en una pila de revistas viejas, o en el fondo de una estantería, o aquellos que fueron expulsados del tubo catódico para hacer lugar a otros más nuevos y tecnológicos o, peor aún, terminaron en un basurero.
Llovizna.
Él observa pensativo a través de la ventana de su cuarto en el piso veinticinco. Siente un sabor acre en la boca, un sabor a fin del mundo. Nueva York se extiende con las fachadas grises de los rascacielos ahogadas en una neblina azulina e irreal, en un atardecer sinfín. No existe el horizonte en esa ciudad, él nunca vio el horizonte, nunca salió de esa ciudad, es más, ya no recuerda otros límites que el cuadrado de ese cuarto.
¿Qué es un hombre sin horizontes?, se pregunta por preguntarse algo, para dialogar con alguien. ¡Estúpidos!, piensa. ¡Creen que no me precisan más, creen que pueden cancelarme apretando un botón!
Un ruido del otro lado de la puerta lo sobresalta.
—¡Billy, deja en paz al tío! —chilla la voz llena de campanitas de su prima—. No quiere que lo molesten, lo sabes, ¿no?
Silencio.
La neblina que cubre los rascacielos comienza a mudar hacia un rojizo espectral y se hace cada vez más densa. Nueva York desvanece devorada por la niebla.
La voz de Billy es un susurro del otro lado de la puerta.
–¡Ja, ja... te tengo insecto! —y hace sonar la musiquita inconfundible de su Nintendo—. ¡Eres mío tiucho!
No, no es posible, piensa él.
Ha llegado el momento que mucho temía, ese maldito momento. Se escapó mientras pudo, pero ahora... El muy desgraciado lo tiene en sus manos y lo peor es que no se trata de un súper enemigo peligroso... no, es un imberbe idiota de 14 años. No puede caer en sus manos, debe hacer algo, ¡urgente!
Se levanta con dificultad del sillón, con las piernas anquilosadas y la cerveza que le pesa en el estómago y le gira en la cabeza. Solloza tratando de entrar en el traje azul y rojo, la malla está por ceder, las costuras imploran, una polilla le ha mordisqueado la rodilla derecha del traje, ¡piedad! gritan sus botines de suela agrietada cuando dos pies hinchados tratan de comprimirse en ellos a pesar del sufrimiento. Las lágrimas le queman las mejillas. –Te veo, ahora puedo verte, eres tú, ¿verdad? Ahora no te me escapas gordo fofo... ¿no te entran los zapatitos?
—Billy le habla del otro lado de la puerta, pero su voz retumba por todas partes, en cada esquina del cuarto–. Asco de superhéroe, una mierda... deberías mirarte en el espejo antes de que te aplaste, araña miserable.
Él no quiere terminar como Súperman.
—Te tengo, te tengo insecto...
Se pone la máscara que huele a moho y a encierro.
—No te escapes, gallina.
Abre la ventana de su cuarto. ¡Carajo!, exclama y arremete contra la tela de araña de la salida de emergencia.
Demasiado tarde.
Billy sonríe feliz, la luz radiante de su Nintendo le ilumina el rostro:
“YOU WON – Game Over”

 

 
 

SER NIÑO EN LA GUERRA

Buscan una mano que no encuentran y sus dedos mudos tantean a ciegas el camino de la vida, huérfanos de unos  brazos que acunen sus penas.
Mariposas escondidas en flores mustias que acarician sus muñecas rotas, perdidas en lluvias que esconden soledades sin destino.
Tiemblan en el silencio desgarrado por estruendos y gritos, sufren indefensos e ignorados: piezas desechables del juego de los hombres, falsos justicieros que marchan arrollando capullos cerrados bajo sus botas de fango y destrucción.
Y perecen invocando un útero que les abrigue, o crecen sudando sangre y nieblas, con nubes púrpuras que pueblan perennemente sus horizontes, por la simple desgracia de haber sido niños en la guerra.

 
     
 

CARTA A ALGUIEN QUE ANDA POR AHÍ

Te intuyo en el aire, cargado en las ráfagas de viento que me embisten, y en el reflejo que devuelven los cristales y los espejos. ¿Eres tú o soy yo?
Latiendo uno en el otro, habitantes de distancias sin kilómetros, casi confundo mi ser con el tuyo.
¿Sabes? Es inútil la lejanía: canjeamos esencias, saliva y humores.
¿Quién es quién? Me pregunto mientras desgrano ayeres sobre una carta sin remitente, destinada a alguien que anda por ahí.

 
     
 

MUDANZAS

Algunos recuerdos dejaron marcas en las paredes, dejaron huecos vivos en los lugares donde los había colgado, manchas indelebles que enmarcan imágenes borroneadas del pasado.
Otros terminaron plegados en las cajas: guardé entre algodones la única sonrisa que recuerdo de mi padre, y puse envueltos en cobijas los días alegres de mi niñez lejana, para que no sufran el frío de la soledad y del olvido.
Las caricias afectuosas de mi madre están junto con sus renuncias, en un cofre de madera de sándalo. Los días de sol volaron solos por la ventana con las últimas migas de mi mantel y las horas del reloj se me escaparon por las rendijas de las celosías que voy cerrando.
Queda sólo vacío, paredes desnudas, palabras enredadas en telas de araña, ayeres raídos por las polillas, y algún que otro beso caído en el afán de embalar.
Queda un pasado, la vida que quisimos y no fue, los amores frustrados, las tristezas compartidas con una taza de café y las paredes medio desmoronadas sobre las que había colgado ilusiones con clavos de colores.
También queda el cielo donde antes estaba el techo poblado de líquenes y la puerta que, por última vez, cerraré sin volverme.

 
     
 

ÁRBOLES

_¡Este viejo está cada día más loco! –exclamó mirándome con rostro airado- Pero váyase a hacer algo más útil Don, mire que aquí trabajamos.
Respondí a su exclamación sin inmutarme ni ofenderme. Es un trato al que me tienen acostumbrado y, además, esta gente joven, con su prepotencia y su ciencia, siempre creen que saben más que uno.
_Mire, joven, yo se lo advertí, después no se arrepienta ni se lamente. Es usted el único responsable de las consecuencias de sus actos.
_¡Pero, pero…! -repitió martillando como una ametralladora. Las palabras le tropezaban en la lengua por la indignación.
_¿Qué sucede? -preguntó el capataz acercándose. O bien creo yo que debe haber sido el capataz, porque tenía las manos limpias.
_Este señor -dijo el otro señalándome con dedo tembloroso.
¡Bah! Estos jóvenes no tienen educación, nadie les enseñó que no se señala con el dedo, ya me estaba arrepintiendo de haberle advertido.
_Este señor hace dos días…,desde que empezamos a trabajar, que viene aquí, se me planta al lado y comienza a decirme que los árboles sostienen la tierra y que se va a caer si los sigo cortando…
El capataz me observó con gesto adusto.
En sus Rayband se reflejaba una persona pequeñita, un hombrecito con sombrero y abrigo de camello, con las manos hundidas en los bolsillos. Un señor muy bien conservado diría yo, considerando su venerable edad. Una persona seria y honesta.
Bien, el capataz no habrá pensado lo mismo que yo sobre la persona que se reflejaba sobre las lentes verdes, porque lanzó una carcajada escandalosa, de esas que desfiguran el rostro, y casi pierde las Rayband de mucho plegarse en dos.
_Váyase, buen hombre -articuló conteniendo, a duras penas, el ataque de risa- y no se haga ver por aquí hasta que no hayamos terminado de cortar estos árboles.
Me alcé de hombros.
_No diga que no se lo advertí -dije antes de dar media vuelta para irme- Son los árboles los que sostienen la tierra.
-Sí, sí…Y la luna es un queso gruyere…-le oí decir mientras me alejaba.
Ya abandonaron el trabajo de tala y también la búsqueda.
Es como “si se los hubiera tragado la tierra”, dice el periódico.

 
     
 

DESTINO COMÚN

Caminaban en lenta procesión, una tras otra.
Acababan de superar una colina de tierra y ahora, ante sus ojos, se extendía el prado verde, un lugar seguro. Bastaba con llegar hasta la raíz de la vieja encina para volver a casa.
Cuando la tierra comenzó a vibrar se miraron algo asustadas.
Sentían las vibraciones cada vez más cerca. La guía las incitó para que continuaran su marcha como hasta entonces, no había qué temer, ni tampoco existía otra solución.
¡¡¡Pum…pum!!! Cada vez más cerca.
Las de atrás fueron las primeras en romper filas.
Desconcierto, terror.
No había escapatoria, bajar velozmente hacia el prado podía ser la única posibilidad.
Eran enormes y muchísimas, casi todas blancas.
El terror duró poco, fue cuestión de segundos, como siempre: la destrucción exige pocos instantes.
Las sobrevivientes miraron a su alrededor los cuerpos inertes, se formaron en fila y continuaron su marcha. Era el destino de las hormigas seguir adelante.
Igual que el de los hombres.

 
     
 

OMNIPOTENCIA

Apunta con precisión y aprieta el gatillo.
Es un momento sublime. Cunde el terror por doquier.
La sangre cae sobre el cemento, gota a gota, y acompaña los últimos estertores y quejidos.
Otro disparo: ¡bum! Raja el aire con su fuego y se clava en la carne blanda, de donde nace un hilo ligero de sangre que rompe la blancura.
Dueño de la vida y de la muerte, desde esa ventana rige sobre los seres inermes y determina sus tiempos.
Hoy se conformará con un par, había creado un gran revuelo y podrían descubrirlo, mejor abandonar por ahora su papel de hacedor de muerte.
Guarda el fusil a toda prisa al oír voces que se acercan apresuradas desde lejos.
Abandona la ventana y huye por donde había entrado.
Hoy son gallinas, mañana, quizá, serán hombres.

 
     
  RÉQUIEM PARA UNA MOSCA

Estaba allí apoyada contra el vidrio de la ventana.

Cada tanto revoloteaba sobre la superficie transparente, zumbando su zzzzz de mosca.

Me acerqué con la paleta. Era una mosca (o un mosco, no reconozco el sexo las moscas) de un tamaño considerable, con un pronunciado pelambre sobre su cuerpo y el complejo de Poncio Pilatos, porque no dejaba de lavarse las manos.

Cuando levanté la paleta, vi que ella se giró y fijo sus miles de ojos en los míos.

_¿Por qué? -me sugirió con un zumbido zigzagueante.

_Porque eres un insecto asqueroso -respondí sin pensarlo dos veces- ¿Cómo es ser una mosca?

_Una mierda. Todo el día en la putrefacción, en los residuos, en los lugares más mierdosos.

¡No es posible una vida más moscosamente asquerosa! Al menos en la mierda puedo estar tranquila, es lo único que puedo comer sin que me quieran matar.

Bajé la paleta matamoscas y me senté.

Era solamente una mosca.

“Las moscas no hablan”, me dije algo contrariado, porque estaba seguro de que había comprendido, claramente, esas palabras en medio de su zzzzzzzumbido.

La mosca se desprendió del vidrio de la ventana, revoloteó sobre mi cabeza, y después aterrizó sobre mi nariz. Nos miramos fijamente a los ojos unos instantes y creí comprender el mensaje.

Abandoné la paleta. Era primavera. Albores de la primavera. La naturaleza renacía, el mundo se despertaba…¿Por qué matar una pobre mosca?

Entonces, recordé una máxima de un prócer que me enseñaron en el colegio y con gesto magnánimo abrí la ventana y la incité a salir: “¡Vuela, el mundo es demasiado grande para nosotros dos!”, declamé, viendo que la mosca dudaba un poco antes de lanzarse desde el alfeizar.

Apenas salió al aire libre, la corriente ascensional la elevó hacia el cielo. Creo haber intuido aún su mirada antes de que la golondrina, recién inmigrada, la deglutiera de un bocón y se alejara guiñándome un ojo.
No somos nada.
 
     
 

SABANAS

Se le entreveraban entre las piernas. Sentía el tacto suave que la envolvía y no podía dejar de retorcerse. No estaban solas: el cubrecamas pesado las aplastaba contra su cuerpo desnudo. Ella continuaba agitándose en un duermevela angustiado entre esas sábanas que se movían casi con vida propia y que subían por su espalda, suscitándole un escalofrío. Finalmente consiguió abrir los ojos, pero la envolvió la oscuridad de la habitación.

Unos pocos puntos de luz se colaban por la persiana, sin conseguir delinear el dormitorio que conocía de memoria. Quiso estirar el brazo para encender la lámpara. El brazo le pesaba y la mano yacía aferrada por la muñeca, aplastada contra su cuerpo.

Decidió calmarse y pensar que no sucedía nada anormal, nada extraño: eran solamente sábanas. Respiró profundamente y la suave tela de raso le entró en la nariz. Ahora jadeaba quedamente por la boca, para no ahogarse. Intentó mover la cabeza, y un trozo de tela se pegó sobre sus ojos. La que le cubría la nariz aflojó un poco, como para engañarla. “No” – pensó -, “no es posible. Si pudiera rodar y caer de la cama sería más fácil desenroscarme”.

Durante un tiempo mental indefinido, que pudo haber sido un segundo o una vida en su reloj desesperado, se contorsionó y luchó por caer de la cama, sintiendo su cuerpo cada vez más inmóvil. El sudor la cubrió y la tela de raso se pegoteó sobre su piel con espíritu de babosa. Cansada, dejó de moverse. Y de respirar. La encontraron días después, casi momificada, abrazada por sus sábanas de raso.