El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 
Nació en Tovar (Mérida, Venezuela, 1955). Licenciado en Comunicación Social, narrador, poeta, ensayista, articulista, fotógrafo, y promotor cultural de amplia trayectoria. Desde 1972 ha colaborado en distintas publicaciones periodísticas como Ecos del Sur del Lago, La Nación, El Vigilante, Esfuerzo, Frontera, Tribuna Popular, El Nacional y el suplemento cultural del Diario Últimas Noticias. Fundador codirector de la Revista Alborada, de El Vigía. De 1992 hasta 2004 fue miembro del Consejo Editor de la Revista Solar, Jefe de Redacción del tabloide "Quórum con el arte y la cultura"; Director de las Revistas "Casa de la Fragua" y "Al pie de la letra".  Asumió la Presidencia de la Asociación de Escritores de Mérida, desde el año 2002  hasta  2007.
 

CONTACTO:
arturomoramorales@yahoo.es
   

 

OBRA LITERARIA:

En poesía:  Marzo (Gobernación de Mérida 1985) y  Ladera interior (Biblioteca José Vicente Nucete, Mérida 1995). En narrativa:  Los espejos divergentes (Solar, Mérida 1997),  Baladas del agua  (Asociación de Escritores de Mérida/CONAC, 2003),  Cortejos de la tarde (Asociación de Escritores de Mérida/ CONAC, 2003) y  Sebastián (Dirección General Sectorial de Literatura del CONAC/ Fondo Editorial La Escarcha Azul (FUNDALEA),  Mérida,  2006.

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

 

 

NINFA

Esa mujer sola
ligera y de atavíos rojos bajo el andén
¿A quién espera?
Cada tarde
alguien
detiene ante ella el auto
reinicia un breve diálogo
y nos la roba del paisaje.
Cada tarde
sin ella parecen
perdidas las horas.

Quizás mañana
en mis ojos se quede
para ver el paso de las nubes
o estas tormentas de mayo.
O quizás no venga
y pueda como yo
notar la tristeza de la tarde.

 
     
 

POSTAL
(A Lubio Cardozo)

Esta ciudad es amable como una estampa,
pero tan distante de los alcores del eneldo y la niebla.
Esta ciudad, Lubio,
tiene un nuevo lenguaje,
pero algo salado para la porosidad de mis oídos labriegos.
Aquí entre otras cosas es distinta la noche:
constelada y perdida en un rumos de olas,
insomnios e insufribles horizontes.

Abres tu puerta
y sí, el Caribe argentado y verde es una invitación determinante.
Aquí el amor también es distinto:
voluble y fulgurante
veloz como una golondrina.
Tiene Puerto La Cruz cuando llueve
esa melancolía gris que me conmueve
y recuerda las lluvias blancas de mi aldea.
Sin embargo, tras la estela de la brisa
es otro el aroma que perfuma la vida:
el marino aliento de los cardúmenes lejanos
sobre la línea brillante de las aceras ardientes.

Es lindo este puertoy justifico su aire de arrogancia,
pero añoro con desespero el vegetal aire de mi tierra
y su cielo de abundante azul como un dibujo.
Una sola confidencia, poeta:
de Mérida traje la última vez
esta orgullosa nostalgia.

 
     
 

CONTIGÜIDAD

Tu casa y la mía son contiguas.
La tuya, con vista al mar,
tiene un sendero escalonado
por donde, de tarde en tarde,
bajas para recibir el soplo cálido del viento caribeño.
La mía, con tu mar al frente,
tiene los cordajes sujetos a las montañas del fondo.

Algunas veces,
no sé por qué,
tu casa de alberca en el patio
y la mía de verdor y galerías,
parecieran compartir los mismos climas:
la calidez de tu trópico y el aterido aire de mis altos campos.

Algunas veces, las reverberaciones de tu sol de mediodía
parecieran calmarse bajo sombra de mis apamates.
Desde el mirador de los granados te veo descender hasta la playa y tocar el cielo todavía jalonado de luz.

Es la hora del ocaso y mientras me ocupo en estos versos,
tú comienzas a colocar sobre las nubes las primeras estrellas
del siglo.
Es tiempo, me digo,
de que alguien venga a ponerle orden a la vida.
No sé si todo estará, en lo sucesivo, como Dios dispuso;
pero algo extraño ha sucedido:
estabas atenta al grito de las gaviotas y de pronto, como si nada,
vi de tus manos emigrar los pájaros de mis sueños.
Luego fue saber que tienes el don de urdir flores y árboles y piedras y ríos o inventarlos del tamaño de tus caprichos.

Una cosa sé, tu casa y la mía tienen algo en común:
están habitadas por seres que festejan con renovada alegría lo sencillo aunque en comarcas distintas.
Tú celebras el sol, una isla en el horizonte, los rostros rayados de los pescadores,
las palabras iluminadas como mariposas del viento;
y yo lo mismo, ahora y para siempre,
sin más, celebro lo mismo.

 
     
 

RUBORES

No me preguntes niña
por las andanzas del viento,
por el rumor de la lluvia
ni quién modula el silencio
ni quién guarda los cocuyos
ni quien dibuja los cerros.

Sólo puedo decirte
querida niña un secreto:
que hay un fulgor en tus ojos,
se hace más negro tu pelo
y los rubores te encienden
las violetas de tus pechos
cuando te llevo a mi casa
y apagamos los luceros.

 
     
 

LEJANA

Vives fuera de mí.       
Lejana
como el resplandor
de un sueño ajeno.
Algunas noches
la brisa de tu cuarto 
trae aromas
que resisten el olvido.
Algunas noches
en la agonía de la vigilia
tiemblo por tu recuerdo,
atisbo tu voz
lene
sosegada
que no me requiere.
Tu voz
que ya no sesga mi avidez
ni me calma.

 
     
 

OLVIDO

Vives fuera de mí
con la certidumbre de este olvido.
A veces
es cierto
ardes en un resplandor
y obtienes mi derrota.
Luego eres voz perdida
piel ajena
antigua herida.

 
     
 

PACTO

Él
puede seguir tranquilo.

El licor que hoy lo embriaga,
lo arcano y tu ardor
le pertenecen.

A mí sólo me distes un incendio
y tu disposición
para este pacto.
Lo otro
tus reclamos de hoy
ni extravío
son materia de olvido.

 
     
 

OCULTA

Eres la oculta
la que vienes a oscuras
y sudas mi almohada.

La que en otro tiempo
incendiabas las noches
y lavabas mi cuerpo
con fragancias de rosa.

La que un día sin nombre
cambió su apellido
y dejó de vivir a la intemperie.

La que hoy se guarda
de pensarme
por miedo a sus sueños.

La que diera todo por salir
de esa rutina
de la que no formo parte.

 
     
 

EN LA SOMBRA DE LAS TARDES

Estos días aciagos
rondas mis recuerdos.
Como gato sobre mi dosel
discreto
cruza el pasado.
Estas allí
en la sombra de las tardes
expiando mis noches.
Al abrigo del tiempo
como entonces
domeñando mis sueños.
Has vuelto de la turbia comarca
del olvido
donde habías levantado morada.