Carmen Amaralis Vega. Nació en Mayagüez, Puerto Rico, 1948. Doctora en Química-Física (Universidad de Florida). Obtuvo una Maestría en Química Nuclear en la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez (RUM). En la actualidad se desempeña como Catedrática de Química en el RUM. Actualmente dirige varias tesis de maestría en Termodinámica y en estudios electroquímicos de drogas anticáncer. Tiene en su haber numerosas investigaciones científicas publicadas. Su sensibilidad creadora, tanto en las ciencias como en las artes, la fue llevando a la poesía y a la narrativa breve. Es miembro de la Asociación de Escritores de Mérida, Venezuela. Pertenece al Equipo Editor de la revista digital palabrasdiversas.
 
 

CONTACTO:

cvegaolivencia@yahoo.com

www.palabrasdiversas.com
http://www.uprm.edu/news/articles/as2008160.html

Mi sitio oficial:
http://www.carmenamaralis-vega.com.ve/



OBRA LITERARIA:


Su obra ha sido editada por el Fondo Editorial La Escarcha azul, de Mérida, Venezuela. En Literatura infantil: Comarca de sol y luna (1996). En poesía: Espectros en Caricaturas de mi alma (1995), Espejo místico (1996) y Ojos tatuados (1998), Añoranza en desconcierto y espectros de ojos místicos (2004). En narrativa breve: Vida y Magia: Entornos y Sortilegios (2004). Textos de su autoría han sido publicados en la IV, V y VI Antología Internacional Sensibilidades (Madrid, Alternativa Editorial, 2003, 2004, 2005), también en I Antología de Poesía y Narrativa, de la Asociación de Escritores de Mérida (AEM / CONAC, 2004) y en la II Antología de Narrativa “Relatos de humor sin extrema-unción”, y en la II Antología de Poesía “Larghetto ma non troppo” (Mérida, Asociación de Escritores de Mérida / CONAC, 2005). Horizontes de vuelos infinitos (2010), Contrapuntos en delirios (2013).

 

 

 

 

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UN MES DE MARAVILLAS

(Crónica de mi viaje a España. Mayo, 2016)


No se puede pensar mucho en las ocho y media horas  sobrevolando en un pájaro de metal las aguas del Mar Atlántico. Si lo pienso no me envuelvo en esa odisea en las nubes sobre ese mi profundo mar; asustada, sí, asustada y mucho. Pero el corazón reclamaba, llamaba a  gritos: ¨ven¨. Ven a recorrer las callecitas empedradas desde hace muchos siglos, quizás por alguno de mis antepasados, ven a respirar el olor de otros mares, ven a deleitarte con otros azules y verdes, con tierras calizas, con florecillas sobre dunas y piedras que contemplan el rostro con la sonrisa de una naturaleza hermosa.
Eso hice, respondí a esa fuerte llamada y llegué a Madrid para seguir, ahora volando sobre el Mar Mediterráneo, hacia la Isla de Mallorca, rumbo al hermoso pueblo de Soller. Les puedo decir que Soller me robó el corazón tan pronto lo vi: sus plazas, su Iglesia, sus azulísimas costas, pero sobre todo su gente: sencilla, amable, que supieron muy bien hacernos sentir en casa.  Ahí nos hospedamos en un pequeño hotel con jardines interiores repletos de Buganvilias, y así se llamaba el Hotel: Buganvilias. No les puedo describir la delicada sensación de estar sentada en el paraíso cuando desayunábamos al aire libre en una terraza arropada de flores envueltos en una suave brisa fresca con olor a mar.

Con mis amigos Mallorquines Guillermo y Antonio Oliver  recorrimos Soller, y Palmas de Mallorca por toda una semana. Buen comer, Mariscos, quesos, frutas frescas, y mucha risas y afecto del bueno. Una semana inolvidable con faros, acantilados, mercados sabatinos con frutas, flores, verduras, de todo y mucho. Me hubiera quedado todo el mes en esa hermosa Isla pero me esperaban mis amigas de Madrid.

En Madrid nos quedamos casi dos semanas: corridas de toro, la Carmen de Bizet por el Ballet Flamenco Municipal, etc., etc.  Madrid fue  el centro de desplazamiento hacia los alrededores de ese fabuloso país: Segovia, Ávila, Salamanca, Toledo y Cuenca. De esos lugares el que me fascinó más fue Cuenca, con sus casas colgantes en ese cañón sobre-caminando el puente sobre el río. Sencillamente maravilloso e impresionante. Mis pobres piernas me arrastraron por las cuestas de escaleras hasta la plaza central en la cumbre de esas milenarias montañas.

De Ávila me traje el recuerdo de una misa cantada en su catedral, indescriptible su arquitectura, sus vitrales, sus rosetas, sus maderas talladas, sus variados mármoles multicolores, y un eco místico acompañando las oraciones de cientos de niños haciendo su primera comunión. Creo que me traje la sensación de pureza que arropaba cada una de sus caritas llenas de emoción.

Y la Cartuja, con sus jardines de rosas gigantes y hermosas, ese convento sí que me enloqueció, tanta historia encierran sus centenarias alcobas. Me sentí monja descalza y hasta creo que el frío imaginario en los pies me sacó lágrimas.

Y por supuesto, el encuentro con mis amigas,  Alena y Virginia Collar directoras de La Revista Alenarte, en la Feria del Libro de Madrid.  Luego con amigas de congresos pasados: María de los Ángeles Cantalapiedra, que presentaba su novela, con Socorro Mármol Bris, una incansable gestora cultural, excelente escritora y mujer culta por muchas razones, ya estamos programando el II Congreso de Literatura virtual acá en Puerto Rico para el 2017. Y también me reuní con mi hijita putativa Rosa Arroyo, que ya ha completado su grado doctoral con especialidad en literatura sobre  la obra de Juan Ramón Jiménez. Volver a mirarme en sus ojos ha sido uno de los más grandes regalos que he recibido en este nuevo viaje a España.

Ahora regreso a Puerto Rico con mi alma cargada de bellas emociones, con la felicidad a flor de piel, con la alegría pintada en mis ojos, con la convicción de que la vida no puede ser más generosa conmigo, pues he recibido demasiado y me siento un ser afortunado al máximo.

Ya con calma relataré experiencias particulares desde la luz que brilla dentro de mí por tanta generosidad que esta vida me ha ofrecido, pero hoy, por ahora,  sigo jugando con mi perrita China, que al llegar me recibió con mucha alegría, la extrañé y sé que me extrañó por la mirada feliz que puso al verme entrar a mi hogar.  

 

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HORIZONTE

Desgarra el sol su corona y me salpica de rojo.
Escupe el brillo desde la nube más fina,
se pintan las alas del mar
con el verde cuajado en tus ojos.
Salen los peces a pasear por los aires,
se cubren de escamas las cabezas.
La verdad del águila viva aguijonea
como enardece el beso perdido en la espalda.
Entre mi mar y tu cielo se alimentan los delirios.
No puede morir la tarde mientras respire el horizonte
y suban mis pasiones hasta el vuelo de tu cuerpo.

 


DE MUERTE DELICIOSA

Te escojo, espectador de la escena de mi muerte.
Trágate el momento en que me visto de novia y bailo en cámara
lenta el ritual del desgarro, el momento de la caída y la entrega.
Tus ojos captan los pedazos de mi cuerpo. La cámara enfoca
mis pupilas dilatadas.
Se difumina la intensidad de tus brazos sobre mis caderas
y me arrastro para lamer tus pies.

No puedes ver el escenario.
Acabo de vestirlo con lirios sublimes.
Los códigos blancos empalidecen ante el arrojo de tus manos,
y quedo ahí, observando cómo se desprende mi alma
con el ardor de tus deseos.
Terminan los espasmos y baja el telón. Te levantas satisfecho,
sin Artificios. Yo sigo inerte en el suelo.
Sin proponértelo, me has ayudado a morir en delicias.

 

 

REVERDECE

En el centro el valle del desierto.
No se reconoce,
se ha podido morir de amor
y no hay huellas.
Las lágrimas secaron la lava ardiente
cubriendo de sal los aleluyas.
Se sabe viva.

Desesperada arranca abrojos.
Seca y fría lame la hiel de las grietas,
y trata de atar los pedazos de cordura
con el azul infinito de la espera.
En la faena
es cordón que se enreda en las aguas
y reverdece.

 


DE RABIA

Nunca,
jamás,
nunca podrá un hombre
entender pedazos de sangre,
vida en las manos,
muerte entre los dedos,
nunca.

Ahora,
aquí los tengo,
aquí están.
Coágulos grandes
de esperanza,
de forma,
de rostro,
de rabia,
ubicando la existencia
entre ser y no ser.

 

 

EL BIGOTE ENROSCADO
(relato verídico de mi viaje a Egipto)


Lo que sucede es que a mí no me detienen aquello que hace llorar, y mucho menos lo que hace reír. Al día siguiente de la descabellada carrera en camello directo a estrellarme contra la Gran Pirámide de Giza, ya iba con mis tres amigas rumbo a la Pirámide más antigua, la de Zoser. Pertenece a la dinastía III del Imperio Antiguo, esa que contiene el misterio del Neterkhet.

A los turistas no siempre les dan toda la información que necesitan para no meterse en serios problemas. Como por ejemplo, cuantos centímetros de ancho tiene el túnel con la escalinata de piedra que se debe bajar para llegar a la cámara menor donde se encuentra las tumbas de las esposas del Faraón.

Llegamos a Zoser, hicimos la fila para entrar a la pirámide. No se pueden imaginar el entusiasmo que teníamos, esas cámaras con los sarcófagos y las paredes llenas de jeroglíficos casi intactos nos tenían en frenesí. Siento que debo ser un alma muy antigua, en muchas ocasiones sueño que estoy momificada y que hablo en lenguas. Esto lo pueden confirmar con el duende que se queja constantemente de lo terrible que me veo mientras duermo en posición de momia y balbuceo por horas toda clase de frases egipcias que él no puede descifrar.

Ya en la entrada nos preocupó lo oscuro que era en hueco que debíamos bajar para comenzar a descender la escalinata. No era solo oscuro, también estrecho. Lo que no sabía era que según descendíamos se hacía más y más estrecho.

Las risas y las frases sin sentido que decíamos muertas de una extraña curiosidad por llegar a las cámaras nos fueron llevando distraídas del posible peligro que yo corría. Y digo que yo corría, pues mis amigas son de estura y peso normal, pero la que les cuenta es mucho más voluminosa, digamos que un cincuenta por ciento más caderuda. Por momentos me tenía que torcer en un ángulo de 45 grados para poder seguir bajando.

Ahhh, pero cuando me quise enderezar quedé encajada. Ni para arriba, ni para abajo, ahí, presa. Esas paredes milenarias me agarraron por las caderas y no me permitían moverme. Grité pidiendo auxilio, mis amigas retrocedieron para halarme, los turistas que me seguían me empujaban impacientes y sin ningún pudor. María y Marisol me halaban, y un hombre extraño de barba larga y ojos de buitre me puso sus dos manotas en mis pompis y empujaba con toda su fuerza. ¡Que horror!

De tanto halar y empujar terminé soltándome, pero creo que me traje pedazos de jeroglíficos tatuados para siempre en la piel debajo de los jeans.

Un poco más y… ¡alá, alá, maravilla! Llegamos a la primera cámara llena de belleza en las paredes, seguimos por pasadizos y más cámara, y finalmente a la cámara mayor, allí sí que respiré aliviada.

Pero el alivio me duró poco, pues rápidamente nos llamaron para regresar. El guía decidió ser el que saliera detrás de mí. Dijo que me protegería del turco que me empujó de entrada.

Nunca sabré si su oferta fue de verdadera cortesía y caridad, o que muy en el interior de sus deseos malévolos deseaba su turno para agarrar mi trasero.

Ala no me ayudó, pues de esa no me salvé. Al día siguiente notaba con gran inquietud como se le enroscaba el bigote al guía cada vez que me acercaba para escuchar sus explicaciones, especialmente en la visita al Museo del Cairo, cuando nos mostró los condones de piel de intestinos de cabra que usó Tutankamen a los 16 años de edad para protegerse.

La vida ha sido un poco cruel conmigo, pero nada me detiene, y mucho menos el bigote enroscado de un árabe.