Nacido en La Quebrada, Estado Trujillo. Abogado y magíster en Ciencia Política por la Universidad de Los Andes, así como primer alcalde de Mérida. Profesor titular de la facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la ULA, coordinador del Centro Iberoamericano de Estudios Provinciales y Locales (CIEPROL), miembro del Consejo Superior de la Universidad Valle del Momboy, individuo de número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela, miembro correspondiente de la Academia de Mérida, miembro del Comité Científico de la Organización Iberoaméricana de Cooperación Intermunicipal y expresidente de la Asociación Venezolana de Derecho Constitucional. Ponente en numerosos congresos internacionales de Derecho Constitucional.

     

CONTACTO:
morochodos@gmail.com

PUBLICACIONES:

Por la Calle Real (Mérida, Editorial Venezolana C.A., 1992). El Desafío Ambiental del Municipio (Mérida, ULA/CIEPROL, 1997). Un Nuevo Municipio para Venezuela (Mérida, ULA/Centro Iberomaericano de Estudios Provinciales, 1999). Valores y Principios de la Constitución (Mérida, Vicerrectorado Académico ULA/CIEPROL, Segunda Edición, 2006). El Gobierno de la Ciudad (Mérida, Vicerrectorado Administrativo ULA, 2014).

 

El Gobierno de la Ciudad
 
Valores y Principios de la Constitución

     

 

DESDE MIS LUGARES

Fortunato González Cruz
POR LA CALLE REAL

Mi pueblo es una coquetería del paisaje. Cuando uno apura la carretera y se dispone a consumir los últimos kilómetros, surge la mancha verde de sus cafetales sombreados de cedros y bucares, y en medio de ella, el dibujo de la iglesia blanca con las dos torres de barroco colonial. Esa es la visión que me gusta más de La Quebrada, pese a que tan solo deje ver sus cafetales y las torres de la iglesia, con un fondo dominado enteramente por las faldas montañosas del entorno; porque el cielo de mi pueblo está muy arriba y para mirarlo hay que levantar mucho la vista.
Los cerros tienen una policromía que sorprende. Cada uno de los bosques que ocupan las faldas tienen sus propias tonalidades de verde, y entre ellos, compartiendo las arcillosas tierras que aportan su fondo ocre, las sementeras de maíz y caraotas, de repollo y ajos porros, de papas y zanahorias, de naranjos y cambures; salpicadas de casitas de teja y zinc forman un cuadro que recuerda, no sé porqué, a los impresionistas. Quizás por esta fiesta de colores es que la gente decidió que la reambientación del pueblo no se realizara con el blanco tradicional y el azul colonial que recomendaban los arquitectos, sino con colores vivos y atrevidos. Así, la calle que sube está pintada de rojo encendido, la que baja de rosado fuerte; la capilla del Santo Sepulcro de azul intenso y en la iglesia parroquial le colocaron un amarillo quemado francamente irreverente. El conjunto lo imaginaba como un Saladillo, pero la realidad es de tal calidad estética que nunca antes había visto al pueblo tan hermoso y con tanta armonía. Si siempre ha sido una coquetería del paisaje, ahora es una coquetería urbana.
Francisco, mi hermano gemelo, me esperaba con buen whisky y buena mesa, pero había un concierto en la iglesia que nos obligó a posponer la conversa por un par de horas. Delante del altar se ubicaron los músicos y sus aparatos de sonido, inútiles, a mi juicio, por lo pequeño del local no obstante ser el más grande del pueblo. Y comenzó un concierto de saxofón, bajo y teclado de una calidad excepcional. Luego vino la sorpresa: Ramón Barrios, uno de los monumentos musicales de Trujillo, quien tocaba el saxo hasta ese momento, anunció que un niño de cinco años interpretaría en su diminuto violín acompañado por un grupo de cuerdas algunas composiciones de Vivaldi. El público era mayoritariamente campesino, que, en mi pueblo son más campesinos que en ninguna otra parte: manos gruesas y callosas, sombrero de paja, ropa de dril o kaki, cotizas, y la carterita de aguardiente en el bolsillo de atrás. El niño, un diminuto, hermoso y sonrosado ser colocó con gracia el pequeño violín entre el hombro y la quijada, y enmudeció al público que llenaba la iglesia de mi pueblo. Cerré los ojos para escuchar aquella música del cielo y comprender la magia que se esconde en mi adorado pueblito quebradeño. Desde arriba, desde el Altar Mayor, el patrono San Roque miraba tolerante aquella escena que tanto se repite.
La Quebrada tiene escasamente mil habitantes y otros tantos viven diseminados en las aldeas que adornan sus campos cultivados. Pero hay una sensibilidad estética que penetra y subyuga. Desde 1890 existe una banda musical que comenzó con el pretensioso nombre de Filarmónica "Rossini" y que ahora se llama Banda Municipal "Urdaneta", que ha tocado religiosamente todas las retretas dominicales desde aquellos lejanos años. Tiene Ateneo y desde allí se genera una intensa actividad que organiza veladas, conciertos, grupos de danzas y de música, conferencias y cuantas cosas se les ocurre para hacer menos bucólica la existencia apacible.
Las noches quebradeñas son frías, oscuras y profundamente musicales. El amanecer es un escándalo de pájaros y un derroche de luz. El día lo inventa uno. En todo tiempo fluye la conversación y se entremezclan los temas íntimos, las anécdotas y los cuentos con las reflexiones de quienes compartimos desde el vientre materno una existencia vivida apasionadamente. El tema intelectual nos lo dio La Quebrada, se pulió en las aulas de la Universidad de Los Andes y alimenta los esfuerzos vitales por dejar alguna huella. Ahora mi pueblo se prolonga en esta fascinación merideña.
El hombre tiene sus lugares, sus espacios íntimos, sus querencias. La capacidad de amar, supongo, tiene mucho que ver con ese vínculo entre el corazón y la tierra, alimento espiritual cargado de historia y de vivencias que deben cultivarse para tener la fuerza que impulsa a la acción creadora, asumir la aventura de vivir y correr los riesgos que implica.

 

 

CRUZANDO LA ESQUINA

Fortunato González Cruz
Por la calle real

En la esquina de la avenida 3 Independencia con la calle 23 Vargas se han protagonizado los acontecimientos históricos más importantes de Mérida desde los días de su fundación. Cuando Juan Rodríguez Suárez demarca los terrenos de la ciudad que funda, a partir de esta esquina dibuja el plano hipodámico que habrá de regular el urbanismo de la ciudad y señala el sitio de la plaza Mayor, de la Iglesia, de la Casa Consistorial, de la escuela, de la cárcel, reparte los demás para otros menesteres y para la residencia de sus acompañantes.  A partir de ese tiempo fundacional esta esquina es el centro de la incipiente actividad económica y de la naciente tertulia política y académica. En ella se van forjando los sentimientos de pertenencia y ciudadanía. Por muchos años se reúnen bajo los aleros de sus casas los concejales, los alcaldes y los demás munícipes para hablar de lo divino y de lo humano.  Más tarde se construye allí la Escuela de Varones que en breve se convierte en Real Seminario Tridentino de San Buenaventura de Mérida y a la tertulia se unen los profesores de aquella institución clave para comprender el destino de esta ciudad. Durante la etapa colonial, esta esquina es una fragua de ideas porque en ella se discuten e intercambian.

En la esquina de la avenida 3 Independencia con la calle 23 Vargas se congregan los blancos criollos para organizar el Movimiento de los Comuneros que había tenido su origen en la población colombiana de El Socorro. La élite intelectual y política de Mérida se reúne allí para escuchar al Canónigo Uzcátegui que llega con la noticia de la abdicación del Rey Fernando VII, y en ella se inicia el movimiento contra el gobierno de la lejana capital y la discusión que culminará con la Declaración de la Independencia el 16 de septiembre de 1810. En ella, el 23 de mayo de 1813 recibe la ciudad al brigadier Simón Bolívar que viene triunfante desde Cúcuta  en “La Campaña Admirable” y allí el pueblo, arengado por don Cristóbal Mendoza, le grita ¡Libertador! Título con el cual se le conocerá en la posteridad. Es en esta esquina donde se organizan los festejos de cada señalado acontecimiento y se levantan las graderías para disfrutar de las corridas de toros.

Durante las muchas dictaduras que ha sufrido el país, la esquina la cruzaron los rectores del Seminario y luego de la Universidad para ir a la gobernación a proteger los perseguidos, en acuerdos secretos que preservaban la amistad y la solidaridad. Esa esquina resume en sus ángulos la historia de esta ciudad. En ninguna otra, ni siquiera en la de la Torre, entre la avenida 4 antes calle real  y la calle 22 antes de la igualdad se sucedieron tantos acontecimientos importantes para la vida de Mérida. Quizás alguna desgracia como la tragedia de Gregorio Rivera en tiempos coloniales o la muerte del obispo Hernández Milanés cuando el terremoto de 1812.

Esta esquina será escenario de un suceso inédito e importante para los merideños. Un hecho que marcará una esperanza porque por primera vez, por la voluntad de los merideños, el ocupante de la silla de Ramos de Lora cruzará la esquina para asumir el gobierno del Estado. Jamás un Rector de la Universidad de Los Andes ha intentado ganarse la voluntad política democrática de los merideños para pasar de un lado al otro de la avenida. Hubo rectores que se hicieron gobernadores pero nunca mediante la búsqueda y conquista de los votos de los habitantes de la basta y heterogénea geografía merideña. Paradójicamente es un merideño nacido en la tierra llanera, Léster Rodríguez Herrera,  quien se lanza a la arena política con la intención de cruzar esa esquina. Será una oportunidad única del Estado y de la Universidad para unir más estas dos instituciones en el esfuerzo por alcanzar un auténtico desarrollo sustentable y un más elevado nivel de vida para todos los merideños. La conjunción de las aspiraciones de los merideños, del talento académico y de los recursos del Estado augura buenos presagios. En teoría suena bien y seguramente el intento es un espléndido desafío.