Nació en Maracaibo, estado Zulia, 1967, Licenciado en Letras por la Universidad de Los Andes y Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Granada, España. Profesor de griego y de latín en la ULA. Participó en talleres literarios dirigidos por Augusto Monterroso (Madrid, 1999) y Alfredo Brice Echenique (Almería, España, 2001). Ha recibido varios reconocimientos literarios: Mención en el 1º Premio Mucuglifo de Literatura (Mérida, 1988), Premio del Concurso de Cuentos de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la ULA. (Mérida, 1990), Mención del Concurso de Cuentos «José Benedicto Monsalve» (Mérida, 1990), Premio del Concurso de Cuentos «Oscar Guaramato» de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la ULA (Mérida, 1991), Mención del I Concurso Literario «Madre Perla» (Isla de Margarita, 1992), Premio de Cuentos de la «VIII Bienal de El Tigre» (1993).

Premio del Concurso de Narrativa «Carlos Cesar Rodríguez» de la Asociación de Profesores de la ULA (Mérida, 1993), Mención en el Concurso Internacional de Literatura de la revista «La Porte des Poétes» (París, 1993), Mención en el Concurso anual de Ensayos de Fundafuturo (Caracas, 1995), Premio de la Bienal «José Ramón Utrera» (Maracay, 1995), seleccionado entre los 50 mejores relatos en el 3º Concurso Literario 
Eau de Rochas (Barcelona, España, 2000) y Premio del VII Concurso de Cuentos de APULA (Mérida, 2003).En el 2005 gana el concurso de ensayo de APULA con el libro Novus Iason. La tradición grecolatina y la Relación del Tercer Viaje de Cristóbal Colón.
     

OBRA LITERARIA:

En narrativa: El blues de la cabra mocha  (Mérida, 1995), Cuentos de los cuentos que nos contaron  (El Tigre, 1996), Vidas, hechos y palabras de ilustres filósofos difuntos (Maracay, 1996) y  Culo’e hierro y otros relatos (Mérida, 2004). En ensayo: Envuelto en el Manto de IrisTradición clásica y literatura de la Emancipación venezolana (Mérida, 1996).

 

 

CULO’E HIERRO
A Lubio Cardozo, maestro

 ¿Cómo es que se llamaba aquél negrito? Bidot, Vidau, Bideau... Jean-Claude, Jean-Jacques... ¡Jean-Baptiste!, Jean- Baptiste Bideau. Así son las cosas: ya nadie se acuerda del negrito Jean-Baptiste Bideau. Bueno, no era propiamente un negro, era mulato. Francés, de Martinica o Guadalupe. Pobre gente. Y tanta guerra que dio el mulato, pero ya nadie se acuerda. Era alto, lo recuerdo, buen mozo, con aquellos ojos saltones, desorbitados por la excitación: ¡Monsieur, Monsieur, allez, partons d’ici! ¡Suba rápido al bote! ¡Vámonos de aquí, que esta gente no nos quiere!...

Los muchachos lo miraban en aquella duermevela. Sabe Dios qué cantidad de vainas no pasaban por la frente amplia y ya entrecana, por esa cabeza bamboleante, pendulante al compás del pasitrote. Pero es que si no hubiera sido así no se hubiera podido. Tenía que dormir en el camino, tenía que dormir aun sobre el caballo, así, como se ve, sentado, los músculos relajados sobre el esqueleto descoyuntado y meciente, los ojos abiertos y cerrados, quizás quién sabe, mirando la penumbra incierta entre las sucias pestañas y sin embargo dormido. A través de una inacabable sabana, por una trocha de piedemonte, en una cuesta empinada, con mucho cuidado el soldadito que lleva las riendas, no se vaya a despeñar el General junto con las piedras, así va él, pensando las mil vainas que un hombre como él tieneque pensar, soñando, razonando en el sueño de la razón, como Goya, sus monstruos, todo a la vez y los muchachos que lo miran y se hacen señas. No hagan ruido, que el General duerme.

El negrito se las traía. Me contaron que se había venido con Mariño en la expedición de Chacachacare. Había puesto su goleta a la orden, Le bouton de rose. Nunca entendí de dónde aquellos aires de poeta, pero el negrito era fino, de dinero, me comentaron. Dejó el comercio y se vino por allá por el doce atendiendo la proclama: «¡Venid, Extranjeros, al Cuartel General lo más pronto posible a compartir nuestra gloria y persuadíos de que seremos invencibles!». Después de la invasión fue dueño y señor de Guiria por más de dos años, y cuando la vaina se vino abajo vino a parar a Los Cayos.

Los muchachos no entendían cómo podía pasar la mitad de su vida así: montado en un caballo. Un día un médico francés se atrevió a bromear acerca de lo interesante que sería revisar la forma de las posaderas de Su Excelencia. El chiste fue íntimo y por fortuna no trascendió, aunque ya casi todo el mundo dice cosas así o peores del General. Se decía que al regreso de la Campaña del Perú ya habría andado alrededor de veinte mil leguas a caballo, casi dos veces la vuelta al mundo.

De hecho, entre sus más cercanos, le decían Culo’e hierro. La expedición había comenzado con mal pie. No sé. Se sentía en el aire el peso de tanta intriga y de tanto despecho.

Bermúdez me miraba feo a mí, Arismendi a Bermúdez y Mariño a Piar. Todos se culpaban por lo sucedido. A pesar del apoyo de Brión, no creí que llegáramos muy lejos con aquella indisciplina.

Mirando a la mar, hacia el sur, el impulso de un presentimiento incierto me atraía, pero eso era todo. Solamente sabía que había que zarpar y eso hicimos. Partimos por fin a bordo del «Indio Libre», una corbeta que no estaba mal. En la travesía apresamos algunos barcos españoles y la moral del grupo pareció recuperarse, pero poco se aliviaron los malestares. Fue cuando decidimos invadir por Ocumare. Hubiera sido el golpe perfecto si se hubiese actuado correctamente. Pero no. La gente estaba muy mal entrenada, temerosa y sin unidad de mando. La noticia de que los españoles estaban a las puertas del pueblo desconcertó a la desigual soldadería. Era la noche del 14 de julio, Jour de la France, recordé. Todos huyeron. De repente me vi solo y a merced del enemigo que se acercaba. Caería inevitablemente y todo se habría perdido. Sopesaba pegarme un pistoletazo cuando escuché sus gritos. Una canoa remaba a toda prisa hacia la playa desde el «Indio Libre» que ya había levado anclas: ¡Monsieur, Monsieur!... Sin embargo, de vez en cuando se agitaba como en un sobresalto, parecía volver, aunque muy a su pesar, y entonces abría muy bien los ojos, se los frotaba, se llevaba las manos a la nuca, preguntaba con impaciencia adónde estábamos, miraba a su derredor, tosía un poco, tal vez largaba un escupitajo sanguinolento, se sacudía el chamarro y volvía a su cavilación soñolienta.

Era la primera que le debía. Cuando llegamos a Bonaire me encargué de que Petion le recompensara adecuadamente.

Tenía buenos sentimientos. En la travesía me había contadocon amargura cómo había tratado por todos los medios de que el gobernador inglés –ese perro de Sir Ralph– acogiera a los patriotas que se habían ido a refugiar a Trinidad. No sólo no los acogió, sino que hizo devolverlos a Tierra Firme. Me contó con voz entrecortada cómo Monteverde hizo descuartizar a hombres, mujeres y niños para que fueran pasto de aves y presa de perros, como diría el viejo Homero. Dos semanas estuvo el cielo de Güiria ennegrecido por los zamuros, y fue un macabro jardín de osamentas humanas hasta dos leguas alrededor del pueblo.

Petion le hizo comandante general de las Fuerzas Navales de Oriente y partimos de nuevo.

Más fastidioso era cuando teníamos que hacer algún paso de corriente. Entonces no quedaba más remedio que despertarlo. ¡General, General! Lentamente se desperezaba. Los muchachos

traían la litera y él se subía pesadamente. A los más jóvenes les costaba entender cómo era que aquel esperpento, aquel guiñapo de hombre había sido el soldado más arrecho del continente y había guerreado por medio mundo. Él, vencedor de los vencedores de Bailén. Primero un pie, después el otro, colocaba trabajosamente el desgastado saco de huesos que era su cuerpo de longaniza, de majadero, de Jesucristo, de Caballero de la triste figura.

La segunda que le debí fue cuando le entraron las furias a Bermúdez. Habíamos establecido la base en Güiria, en la misma casa que le había servido a Bideau varios años antes, el Cuartel General de la Reunión. Discutíamos acerca de la táctica para avanzar sobre Carúpano y Cumaná. Propuse una estrategia opuesta a la de ellos. Piar y Bermúdez me reprocharon el descalabro de Ocumare. Les respondí que no era momento.

A la luz de los candelabros brillaban los ojos de tanto odio y recelo. Arismendi quiso intervenir, pero ya era tarde. Aquellos energúmenos estaban demasiado enfurecidos para escuchar. Quise imponerme. Desenvainé y Bermúdez hizo lo propio. Midió los ánimos y vio que le apoyaban. Se me estaba viniendo encima cuando sentí su brazo que me tomaba y me conducía a la playa por la puerta de atrás. De nuevo era Monsieur Bideau.

A veces pienso si no le da miedo. Tanta oscuridad, tantos enemigos, tanta incertidumbre detrás de cada rescoldo del camino. A veces me quedo mirando la oscurana, como boca de lobo, y veo allá adelante el resplandor azul de su chamarro bamboleando bajo las antorchas y me lo hago bajando hacia la muerte, como un Orfeo americano, republicano Odiseo, desde la gloria más alta a la miserable muerte, con la misma parsimonia con que baja esta cuesta, en la misma duermevela, sobre la misma mulita, y me espanta porque me digo «si así va él, qué quedará para nosotros». Pero así son las cosas por estas tierras. Sí señor, así son las vainas de la vida. y ahora ya nadie se acuerda del negrito Bideau. Dicen que murió en Barcelona cuando el sitio de la Casa Fuerte. Yo mismo no lo sé. Tal vez ni lo saben su viuda ni sus hijos. Como dice la tonada: mañana cuando me vaye... Nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a Manuela para que siga creyéndose que es la única que me ha salvado la vida. Sí señor, mañana cuando me vaya, ¿quién se acordará de mí? Con suerte Manuela, y Fernando y Antonia, si es que se venden las minas de Aroa.