Niria Suárez Arroyo nació en La Concepción, estado Zulia, Venezuela, el 15 de agosto de 1953.  Una vez graduada en Historia, con un Master en Desarrollo Agrario, ejerció carrera como docente e investigadora en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes desde el año 1980 hasta el 2010, fecha en la que decide dedicarse a tiempo completo a la escritura literaria. Durante la primera mitad de su ejercicio docente se orientó hacia el área de las metodologías cualitativas, para luego dedicarse a la investigación y estudios culturales de América Latina.

Durante su labor docente publicó varios libros y artículos en revistas especializadas en Venezuela y América Latina. Destacan sus libros “La investigación documental paso paso”, que lleva tres ediciones por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes; también “El Problema de la tesis o la tesis como problema”, con tres ediciones por el mismo Consejo de Publicaciones y el libro “Tesis de grado e investigación cualitativa”, coedición de la Fundación Archivo Arquidiocesano de Mérida y la UNICA. Resultado de su trayectoria en enseñanza e investigación en Historia Regional y Estudios Culturales son los libros “Formación Histórica del Sistema Cañamelero Merideño, edición compartida entre el Archivo Arquideocesano de Mérida y la Vollmer Fundation , INC y Feligresía y Poblamiento: vida cotidiana en la parroquia colonial de Ejido. Como autora editora valga mencionar el anuario Diálogos Culturales cuyos primeros 4 números fueron editados por el AAM, el CDCHT-ULA y el GIECAL, grupo de investigación en estudios culturales del que fue cofundadora en el año 2005. En literatura tiene escritos dos libros de relatos y una novela, los tres inéditos.

     

CONTACTO
niriasuarezcorrecciones@gmail.com


PUBLICACIONES

“La investigación documental paso a paso”, que lleva tres ediciones por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes; “El Problema de la tesis o la tesis como problema”, con tres ediciones por el mismo Consejo de Publicaciones y el libro “Tesis de grado e investigación cualitativa”, coedición de la Fundación Archivo Arquidiocesano de Mérida y la UNICA. Tiene inéditos una novela y dos libros de relatos.


REFERENCIAS


Las publicaciones en el área de los estudios culturales pueden leerse en la página web del Museo de Memoria y la Cultura Oral, fundado por la autora en el año 2004: www.saber.ula.ve/mumcoa/


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Del libro Relatos del fuego (2016)

 

UN ESPACIO SAGRADO

La cocina y la soledad se parecen, son entidades palimpsesticas y por tanto portadoras de belleza, como huellas que van dando paso a otras y otras, acumulándose, replegándose, transmutándose, dejando  memorias de vidas lejanas que no terminan de irse; cocina y soledad son una y muchas,  rastros que cuando ya se acercan a la extinción se rebelan y luchan por quedarse,  unas veces como legados, otras fusionadas y reinventadas. No damos importancia a las señales que nos llegan cuando menos las esperamos. Dejamos pasar esos leves estremecimientos, ramalazos de plenitud sólo comparables a la intensa inspiración-expiración que llega al terminar una buena lectura,o, a esos hálitos  de frescura que dejan los viajes a países viejos y los sueños hermosos. Eso debe ser lo más parecido a la felicidad, momentos ideales para encarar la escritura a modo de contener y saber jugar con las sombras rizomáticas que asaltan de todos los rincones, ostensibles, empeñadas en dirigir el texto a su antojo.
Tomé la decisión de escribir por el temor de perder la memoria. Confieso que casi me dejo llevar por la tentación de escribir un libro de autoayuda, sí lo confieso, y no porque esté convencida de mis dotes sanadoras a través de la palabra, sino porque me daba una mezquina y rabiosa envidia ver cómo llega Pablo Coelho e Ismael Cala  a conectarse con tanta gente que no quiere o no puede controlar la angustia que sobreviene a la  ansiedad. Pero finalmente triunfó la cordura y me puse a pensar en un posible cicerón que condujera mis meandros de vida y de inmediato lo vi en la cocina.
Nunca he dejado de rememorar los espacios de mi infancia, en eso coincido con  Valeria Luiselli cuando dice que las personas sólo tienen dos residencias permanentes, la casa de la infancia y la tumba; el asunto aquí es que viví mi infancia en varias casas pero sólo tengo fijada en mi memoria una de ellas. Eso me sorprende. Tuvimos mudanzas constantes, sin embargo, lo  percibo como un solo lugar, el mismo siempre, me veo en un patio rectangular, sin techo, que obligaba a buscar los rincones para protegernos del sol, debajo de las esquineras de las canales de lluvia; pero lo que recuerdo con más claridad son los mosaicos del piso en tonalidades verdes y fucsias. Creo que la más firme conciencia que tenemos de la vida es la de la infancia, el espacio permanente e inmutable, donde el tiempo permanece a salvo y la emoción a buen resguardo.
Muchas veces, quizás la mayoría de las veces diría yo, los atributos del hombre son invisibles a los demás y a nosotros mismos; invisibilidad que en ocasiones se manifiesta en desasosiegos recurrentes, en atisbos de locura, o en sensaciones de extrañamiento que nos hacen sentir profundamente solos en medio de la gente. El camino de la espiritualidad pudiera ser salvadora pues despeja el sendero y suaviza los tropiezos. Para otros en cambio, la máxima expresión de paz es la introspección de la idea de la muerte, que aprehendemos de la vida para conocerla sin temor y acariciarla con dulzura. Esta idea puede que sea un sutil indicio de que no acercamos a la vejez. Mi memoria está por escaparse, de modo que intento retener las pocas cosas que no ha perdido sentido: la imperfección, la simpleza, el no sé qué de la felicidad que aparece cuando no existen motivos, semejantes a parajes desolados, imágenes de desamparo que al evocarlos, irónicamente, no son ni tristes ni trágicos, sólo espacios inexplorados e inofensivos.
En la vejez los olores del pasado que una vez fueron intensos, son cada vez más débiles, las imágenes más tenues y difusas, la sonoridad de un eco que desvanece lentamente, y hace más lejanas las palabras; pero también se agudizan y escuchamos los silencios envueltos en recuerdos fragmentados, desdibujados, superpuestos.
En los últimos años escucho un silencio perfecto,  portador de sensaciones arcanas, íntimo y revelador de una verdad nítida e incuestionable, el acercamiento de la vejez. Una pulsión inquietante que abrasa. Siento su proximidad en el asalto de recuerdos lejanos que abren la puerta de la memoria.  Los recuerdos que deseo fijar  son los de mi cocina. Mi cocina fue mi verdad, la pasión que dio sentido a una vida escindida y monótona. Mi vínculo con los demás, porque si la cocina es soledad, la comida es comunión, a nadie le gusta comer solo o con extraños, al menos eso me pasaba en mi época universitaria,  sólo disfruto la comida que comparte con seres queridos.
Me pregunto o se preguntará Usted porqué llegan estos pensamientos  y yo le respondería porque ahora sí estoy sola y no porque no tenga compañía sino  porque vivo en medio de la perplejidad. Sola y vaciada de entorno, de complicidades, de arraigos. No reconozco ni me reconozco en el país que tengo en mi presente.
De pronto los demás tampoco me reconocen, quizás porque no compartimos lo que realmente somos. Me he convertido en Martín Romaña, el que viene de vuelta, el incomprendido, el único que veía con claridad la estupidez humana cuando los demás bailaban la danza de la utopía, pasé a ser un personaje extraño en mi propio país. Qué cuándo quise volver a mi pasado?, cuando quise morir, quise morir porque quería vivir, porque estaba sana, porque estaba en paz en mi interior en una sociedad enferma, desquiciada, errática y convulsionada, entonces cerré la puertas de la calle y abrí la de mi yo que era otro, ese otro yo deicida y místico al mismo tiempo.
Entonces se iluminó en mi cabeza ese espacio al final del pasillo todo. La cocina, un cuarto oscuro y cerrado donde merodeaban,  como si guardaran algún  secreto inconfesable, la mamabuela y mi mamá, removiendo ollas y amasando el maiz, en inútiles esfuerzos de sacarme de allí como a un testigo incómodo.

 

 

Del libro Exilio: siete relatos del desarraigo (2016)

 

PALIMPSESTOS

 

Toques de chocolate, café y especias, completan las notas de ciruela y mora… de textura plena en boca; maduro, bien estructurado de taninos dulces y redondos… No pudo continuar, su pensamiento lo distrajo de su tarea. A quien engaño?, -pensó- no puedo trasladar mi pensamiento al papel, se ve que la escritura, más que concentración, requiere energía… Jordi no lo sabe, pero me descompone, me desarma y debilita su pasión vicaria por la vida. Cómo abordarlo desde el desenfado, desde la placidez que aporta el ocio… cómo hacerlo renacer, olvidar. A veces me dejo llevar y entro en un estado de semidemencia, como una borrachera suave que me arrima a una especie de perversidad más bien desopilante e irónica y evado sin culpas el compromiso. Creo que en las relaciones humanas debemos compartir las culpas, dejar aflorar la responsabilidad del otro, hablar sin temer a las consecuencias; si miento, el interlocutor debe ser libre de tolerar la mentira, que haga su parte y trate de buscar dónde está la verdad. Expresar mis ideas libremente, como las que se atreve a lanzar Justine a Darley tejiendo entre ambos el diálogo perfecto, como le pasaba a Darley, a quién no le escandaliza el contenido amoral y sentencioso del pensamiento de Justine, el confort de no sentir el impulso de reaccionar críticamente y muchos menos el de enfrentar y emplazar.

Sebas miró alrededor. Una luz de reflejos turquesa se filtró por la persiana del estudio. Tanto él como Jordi habían diseñado con esmero la decoración  del salón al que no quisieron imprimir estilo marcadamente masculino o femenino, ambos amaban la sobriedad sin pesadez, los colores vivos aunque no festivos. El resultado fue un ambiente acogedor, sin estridencias, que invitaba a la conversación amena y fluida. En el centro dos sillones ingleses color granate colocados sobre una gran alfombra persa con tonos azules y ocres, cada uno con mesas de apoyo suficientes para soportar un libro, un quinqué en tonos azules, blancos y verdes, portavasos de madera y corcho y un cenicero. Ambas sillones daban a un enorme ventanal coronado por una cenefa a juego con el tapizado de los sillones, que dejaba ver una explanada cubierta de grama japonesa y más al fondo el viu. En una de las paredes laterales dos pinturas en gran formato de Klee y Klein y en la otra, una biblioteca de nogal de la que desprendía una mesa para computadora y  daba carácter al salón…pero lo que más comodidad tenía el salón era su independencia del resto de la casa. Esa noche antes de subir a la habitación entró al estudio a preparar las últimas notas que quería dejar lista para la revista dominical para la que trabaja. No quería marcharse sin hablar con Jordi, no es de los que dejan conversaciones pendientes, le gusta cerrar los ciclos pero tenía que esperar, no solo por su inminente viaje sino porque sabía que Jordi no hablaría con él teniendo las imágenes de la discusión tan recientes.

Jordi había regresado casi al anochecer, encendió la tv del salón, en el que aún se percibía el aroma del perfume de Sebas, y buscó un canal de relajación. Había aprendido que nada ayuda más a una relación que volver a la serenidad para retomar los temas inconclusos, sobre todo cuando ni uno mismo sabe realmente qué lo ha provocado. Por lo demás, Sebas tenía una reunión de trabajo con colegas en bodegas de Mendoza, sería un largo viaje de tres semanas y por lo tanto aquella cena iba a ser su despedida, eso lo escosaba todavía más. En el fondo a pesar del gran vacío que dejaba su ausencia, agradeció la soledad que ahora reinaba en su casa.

Lo pensó mejor y subió  a la habitación, Sebas había dejado la puerta a medio cerrar y tenue luz salía del quinqué de su mesa de noche; dormía de medio lado hacia el lugar que ocupa Jordi; por eso supo que lo esperaba, se acostó vestido y acarició su pelo hundiendo sus dedos y masajeando con suavidad su cuero cabelludo. Acercó su boca al oído de Sebas y cuando se disponía a pedirle una vez más que lo perdonara, Sebas le tomó su mano en las suyas cubriéndose el rostro con ella, no digas nada cariño, no digas nada, sea lo que sea que brota de tu memoria déjalo salir, cada imagen que te llegue será más débil que la anterior y así no tendrás que llegar al fondo, saldrán solas a la superficie y ya no serán sino trazos borrosos, incoherencias salvadoras.