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Nació en Tovar (Mérida, Venezuela, 1955). Licenciado en Comunicación Social, narrador, poeta, ensayista, articulista, fotógrafo, y promotor cultural de amplia trayectoria. Desde 1972 ha colaborado en distintas publicaciones periodísticas como Ecos del Sur del Lago, La Nación, El Vigilante, Esfuerzo, Frontera, Tribuna Popular, El Nacional y el suplemento cultural del Diario Últimas Noticias.
Fundador codirector de la Revista Alborada, de El Vigía. De 1992 hasta 2004 fue miembro del Consejo Editor de la Revista Solar, Jefe de Redacción del tabloide"Quórum con el arte y la cultura"; Director de las Revistas"Casa de la Fragua" y "Al pie de la letra".  Asumió la Presidencia de la Asociación de Escritores de Mérida,desde el año 2002  hasta  2007.



 
 
 
 

 

Fragmento

 

En el derruido campanario de una  vieja y abandonada iglesia, en un pueblo de las costas del Golfo, duerme Sebastián, un garzón cenizo.

 

Todas las tardes espera la puesta de sol en el horizonte para trepar, con no poca dificultad, la empinada pared de tapia.  Todas las tardes, como aquellos lisiados personajes de los pueblos de montaña, cojeando toma el callejón más solitario, el pasaje de abandonados e inermes caserones y aborda su escalada por los secos derrubios de madera y tierra,  que alguna vez fueron puerta cancel entre la nave y el  presbiterio.

 

Resignado a vivir su vida entre la gente, olvidado de sus vuelos, de sus antiguos camaradas de viaje, de sus planetarias trashumancias por islas, manglares y llanos, un día decidió construir su nido en el arquitrabe interno de aquella antigua espadaña.  Es un albergue de ramas y hojas secas, seguramente  muy cómodo para pasar las noches y los recios aguaceros de mayo.

 

Quienes conocen a Sebastián  también saben su historia.  Bernardo Oramas dice conocerlo desde que era apenas un garcito. Lo vio por primera vez un amanecer de invierno, con sus parientes, vadeando las aguas del Marigüitare.  Vino desde las islas y se entretenía buscando en solitario su alimento: ranas, peces e insectos.  A diferencia de otros garzones no le temía a la gente. Los turistas que recorrían los caminos del Valle, Cumaná o San Antonio, se paraban a la orilla de la vía para ver aquél espectáculo de aves floreciendo sobre las copas  de los árboles. Era un pequeño de corona blanca, lomo gris azulado y con la parte posterior del cuello de un gris violáceo. Destacaba del resto no sólo por su tamaño, naturalmente más chico. Era reconocible por su carácter nada arisco y por su pico completamente oscuro.