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Nació en Santurce, Puerto Rico, en 1948. Es licenciada en Mercadeo, con estudios postgraduados en la Escuela de Leyes. Poeta, narradora y autora de música popular. Recibió en Nueva York el premio Palma “Julia de Burgos” (1994). En 1992 comienza a trabajar en la música del Jazzista de fama internacional Jon Lucien, escribiéndole las letras de algunas de sus canciones como “Vive hoy”, canción que obtiene en Buenos Aires (Argentina) el Primer lugar en el Festival Iberoamericano de la Canción (1994), sus letras fueron incluidas en varios discos siendo el más reciente, con dos temas suyos: Man from paradise (2002). Es co-autora de canciones con compositores como Luis Ángel y Vicente Rojas. Pertenece a la Sociedad de Autores de España y al Grupo Editorial de Tele 5, que le ha publicado varios temas musicales. En 1995 el Instituto de Cultura de Puerto en Nueva York le otorga el Premio Lírica Canción Popular. Es representante de varias Instituciones culturales como AMA, Córdoba (Argentina) y de la Casa del Poeta Peruano, en Puerto Rico, Miami y Europa. 

OBRA LITERARIA: Dimensiones en el amor (San Juan, Puerto Rico, 1992), Aurora y sus viajes intergalácticos (Mérida, Fondo Editorial La Escarcha Azul, 1997; 2da Ed. Planeta Junior, San Juan, Puerto Rico, 2002), Entre dimensiones (San Juan, Puerto Rico, Isla Negra, 2002). Tiene inédita una novela: “Biografía astrográfica”. Sus poemas han sido incluidos en algunas antologías como The American Society of poets, American biographical Insitote (1991), Awake to a dream (Watermark press publication, 1991), Mujeres 98 (Creación femenina, 1998), Entre el fulgor y los destellos, y Ontolírica del canto (Ediciones Maribelina, 1997, 1999), Antología compartida de poetas hispanos de Miami (Editorial Nosotros, 2000), La poesía hace que sucedan cosas /Doce poetas latinoamericanos y Como ángeles en fuego (Perú, 2004), y en las revistas literarias Solar y Aleph (Mérida, Venezuela), Olandina (Perú) Francachela (Chile), Nemesis y Mano; Alborada, en Bilbao



 
 

 

 

 
 

 

(fragmento)

 

Ella vivía en aquella casona que le parecía una nube blanca. No sabía si había sido construida con cimientos de paja, arena o trigo. Desde que murieron sus padres, la hermosa muchacha que vivía sin familia cerca de la Laguna Negra, se sentía flotando en una nebulosa de sueños. Le faltaban sus padres, sí, pero llenaba sus horas de soledad, escribiendo los relatos que brotaban como nardos de su frondosa ima­ginación. Ángela, su tutora y amiga, y Jandro, el jardi­nero, la observaban por las noches, mirando la oscuridad, caminando por los senderos de las estrellas en busca de nuevas historias.

Había una estrella muy especial, un lucero brillan­te a quien Aurora llamaba Milsy. A menudo guiñaba los ojos cuando la veía en las noches, acostada boca arriba en la grama del gran jardín, mirando hacia el lejano cielo. Y Milsy sabía que cuando Aurora hacía esto era porque estaba triste. Entonces la traviesa estrellita la invitaba a recorrer el mundo de otras galaxias, y Aurora sin pensarlo se iba a acompañarla. Le parecía tan graciosa su amiga estrella, sólo tenía que cerrar los ojos y Milsy se le acercaba juguetona cubriéndola de una luz brillante, diciéndole al oído: “Vamos, date prisa, vámonos antes de que nos descubran”.

Y así, poco a poco, en sus escapadas con Milsy, Aurora fue descubriendo otros mundos, otros seres que aunque diferentes, la llenaban de felicidad.

Eran seres extraños, no eran iguales físicamente pero eran tiernos, y como ella eran hermosos en su interior y le enseñaban de sí mismos y de las maravillas del universo. Con ellos, Aurora aprendió que más allá de su planeta Tierra, entre las nubes y las estrellas, no importaban las apariencias; había algo más importante que confirmar las cosas en un laboratorio, que no todo se explica científicamente. Y quería seguir volando, volando, volar en las noches claras y visitar la luna y mirar cara a cara, de frente y sin temores a la Estrella Madre que la guiaba.

Por eso cada vez que regresaba a su vida rutinaria se sentía aburrida y extraña. Ángela y Jandro dudaban de su cordura. Una noche cuando el jardinero la encontró soñando despierta y ella quiso contarle de sus viajes, él, escandalizado, replicó: “Niña, primero debo decirle que sólo existe una galaxia. ¡Eso todo el mundo lo sabe! Déjese de inventar tantas tonterías porque si no van a pensar que usted está loca. Y segundo, mejor hable con las plantas para que se pongan hermosas y olvídese de esa locura”. Ella, alejándose triste gritaba “galaxias, galaxias, galaxias” y pensaba, qué diría él si supiera que no sólo existe más de una galaxia, sino también más de un universo. “¡Qué tontos!” se decía a sí misma, si tan sólo supieran de las maravillas de otros mundos, de lo buenos y divertidos que eran sus amigos, pensaba un poco frustrada.

Aurora necesitaba quien creyera en ella, no todo es “ver para creer” como pensaban los seres de su planeta Tierra. Por eso soñaba con encontrar a su Príncipe de Otra Galaxia que un día vendría a buscarla... y así dejaba correr su imaginación y se pasaba las horas leyendo libros en la biblioteca de la casona.

Una noche mientras paseaba por los cielos tomada de la mano de su amiguita Milsy, Aurora le propuso ir a pasear por esos otros mundos y llegar, quizás, a un planeta desconocido. Y Milsy, que era igual de traviesa y juguetona se la llevó por otros rumbos. En el camino se cruzaron con un astro fugaz, era el Príncipe de Otra Galaxia. Fue sólo una fracción de segundo, pero le bastó a Aurora para saber que era él, sabía de su existencia desde siempre porque lo presentía. Estaba presente en sus sueños. Imaginaba que tal vez, en la distancia a través del tiempo, lo volvería a encontrar. Sabía que era su alma gemela. Así pasaba el tiempo y ella soñaba, soñaba y esperaba.

Un buen día su amigo Kixt, jefe intergaláctico de otra especie, la despertó de madrugada. Su corazón comenzó a latir con una fuerza desconocida. Cada vez que la llamaba le daba una cosquilla en el corazón, como si le pasaran suavemente algodón en la piel. Era una señal y entonces ella le daba entrada a su amigo para hablar. A veces tenía tanto sueño que rehusaba despertar. Kixt insistía si era importante lo que debía comunicarle y seguía haciéndole cosquillas. Ese día le dijo “Perdona que te despierte pero tú sabes que es la hora más segura para que nos comuniquemos. Ayer me encontré con un amigo de otro Planeta y me pidió un favor. No podía creer lo que me contó”.

Aurora se sentó cerca de su ventana mirando ha­cia el cielo y sintiendo con claridad lo que le transmitía Kixt. Le contó que su amigo era el “Príncipe de otra Galaxia” que ella tanto esperaba y del cual le había hablado. Él le había preguntado si conocía a una chica que vio un día desde lejos y que iba acompañada de una estrellita muy juguetona. Sólo fue un instante pero su imagen quedó grabada en su mente. Desde ese momento no dejó de pensar en ella. La estaba buscando por todas partes. En su mirada vio reflejada la bondad de un alma buena. Esa intensidad en la mirada, más que la imagen, era lo que nunca olvidaría. Quedó seguro de haberla visto antes, tal vez en sus sueños. Ello le llenó de una fuerza muy grande que lo impulsó a buscarla. Como sabía que Kixt era un amigo muy andariego, que le encantaba andar con toda clase de seres de diferentes planetas, le preguntó si la conocía. Kixt, por su parte, pensó que era la misma historia que hacía unos días le había contado su amiga Aurora. ¡Tenía que ser ella!

—“¡Claro que la conozco!”, le dijo Kixt, “Es una gran chica, se llama Aurora y es del Planeta Tierra”. El Prínci­pe se quedó un poco serio, además de asombrado, al sa­berlo. Sabía que en el planeta Tierra los seres intergalácticos como él, casi no existían y no eran muy queridos, que allá negaban toda existencia que no pudieran entender. Tal vez ella sería diferente y no lo rechazaría. Al verla, él había sentido que Aurora era una princesa. Se animó al pensar que si la vio en un viaje astral, ella sería diferente. Además, si la emoción que sintió al mirarla era real, ella tenía que ser especial. Fue por esto que le pidió a Kixt que la localizara e hiciera una cita con ella para verse.

Aurora no lo podía creer. ¡Tenía que ser él! Tenía que ser el Príncipe de sus sueños, el que sabía volar alto, tan alto que conocía de universos, de versos, de sueños. El que de verla sabría que era ella, que le esperaba de siempre, por eso supo al verle que ese día llegaría. Kixt le dijo que le avisaría el día y la fecha del encuentro. Se preparó por semanas a la espera de su llegada. Comenzó a hilvanar cuentos, algunos que esperaba que aún él no habría escuchado, y tejió ensueños para sacarlos cuando llegara. Tenía que dejarle saber que ella no era como todos en la tierra. Que conocía de otros mundos.