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Nació en Barquisimeto, Venezuela, 1950.  Escritora e investigadora, autora y compositora de música para niños y niñas. Consultora corporativa de organizaciones, mercadeo y publicidad. Es Vicepresidenta de Relaciones Institucionales de Bolívar Banco. Ha trabajado en educación desde pre-escolar hasta el nivel universitario. Se especializó en literatura para niños. Ha sido facilitadora de Talleres de autoconocimiento y creatividad. Fue miembro fundadora del Instituto de Educación Creativa “El Sebucán” en Barquisimeto, de la Cátedra de Literatura Infantil Latinoamericana “José Martí”, y del Movimiento de la Canción Infantil Latinoamericana y Caribeña.  En 1984 recibió el Premio Poesía Centenario “Rómulo Gallegos” (Fundación Cultural Barinas).

OBRA LITERARIA:
Siete cuentos en voz baja (Barquisimeto, Fondo Editorial Lara, 1983). Los yabos ardidos (poesía) Edición especial (1985). Barcos para la lluvia (Fundación Cultural Barinas, 1984). De aromas, (Mérida, Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes, 1992). El Apagón (Barquisimeto, Consejo de Publicaciones de la Universidad Centro Occidental “Lisandro Alvarado”, 1998). Editados en Caracas: Monólogo de un árbol solitario (Editorial Arte, 1983). Romance del nacimiento (Venegráfica, 1988. 2da. ed. 1998). Barro, manos y tierra de Lara (Ernesto Armitano Editores, 1988), El niño que soy (Fondo Editorial Orlando Araujo, 4 ed, 1989-94, Edición Bilingüe (español-inglés): Taller de Ediciones Rayuela, 1998). De Teodora Torrealba a Miguel Ángel Peraza (Armitano, 1989). ¡Encontré una moneda! (Banco Central de Venezuela, 1991. 2da ed. 2000). El niño de las calas (Editorial Arte, 1991). El son del ratón y otras canciones (Monte Ávila, 1993. 2da y 3ra. ed. 1996-98). Con la madre Pilar (Artis, 1993). Carlota (Taller de Ediciones Rayuela, 1997). Chirriquiticos (Taller de Ediciones Rayuela, 1998). Noninoni (Alfaguara Infantil, Editorial Santillana, 2006), entre otros. Discografia: Rosario Anzola canta cosas de los niños (Producciones Musicarte, 1987), Rosario Anzola, canciones para jugar (Producciones Musicarte, 1989). Dormite mi niño: Antología de Canciones de Cuna Venezolanas (Producciones Musicarte, 1990), Participación en Canciones para nosotros (CECODAP y UNICEF de Venezuela, 1997), Participación en Asuntos de Poesía. Vol. I (Fundacultura e Instituto Universitario Politécnico, 1983).



 
 

 

 

 
 

 

Monólogo de un árbol solitario

 

(Un día, Riqui, en la ventana y mirando a un árbol, me preguntó: “¿Por qué los árboles crecen mirando al cielo?”)

Estás solo junto a la ventana y me miras como mirando más allá de lo que tu mirada puede abarcar. Me miras por pedacitos, me miras por los destellos de sombra-luz que juegan al escondite por mi ramaje, me miras por los retazos de marrón y mostaza que duermen acurrucados en mi corteza… No me puedes mirar todo, de un golpe, porque la cabeza te da vueltas como tiovivo sin mando, y te mareas.

He sentido tu mirada en cada uno de mis nudos, en cada rugosidad de mi piel, en cada brote de mis hojas tiernas.

Tus ojos se van deslizando desde los altos montes de mi follaje, hasta los pequeños rincones que se arriman tranquilos a mis pies. Cuando miras a los bachacos, con jirones de mi verde sobre sus lomos, siento el preludio de esa tristeza tuya que me envuelve y me arropa como un día gris. Yo también me siento un poco triste entonces…

Te vi por primera vez junto a la ventana una tarde, que recuerdo anaranjada porque todo parecía vibrar a mí alrededor. Percibí claramente las sensaciones que giraron en espiral por las ondas y circunvalaciones de tu cerebro. La conciencia de mi savia se dejó colar despacito por los canales ancestrales de tu ser vegetal para devolverte las miradas y conversar largamente contigo.

Me has mirado como se mira a un ser vivo y he reverdecido intensamente. Hace tanto tiempo, del tiempo en que los hombres dejaron de mirar a los árboles… Y tú, hombre-niño… me has regalado tus miradas y me has abierto tu caja de secretos.

Puedo rememorar con viva exactitud la noche que me dijiste que la luna era una extraña botella de leche que algún gatico acostumbraba derramar en el cielo, para lamerse, poco a poco, las goticas convertidas en estrellas; por eso la botella de leche de la luna estaba unas veces llenas y otras, vacía…

Esa noche, niño, supe que podía regalarte el corazón.

¡Tengo tantas cosas que contarte! Te he esperado con el susto que palpita en la tierra cuando se desperezan las primeras semillas… ¡Tengo tantas cosas que enseñarte! Te he esperado con la emoción con que aguarda el mar al río para mostrarle sus espumas, sus peces, sus corales… ¡Tengo tantas cosas que contestarte! Te he esperado con la expectación que siente el valle cuando regresa el verano preguntando qué cosas han pasado durante el invierno…

Voy a buscar contigo el alma de las piedras, del cerro y del relámpago para que veas que el suelo no es solo de los hombres…

Mira junto conmigo el infinito, haremos de cada estrella un horizonte y de cada nube un navegante. Descifraremos el lenguaje de la brisa para que nos cuente sus viajes sin fronteras y nos traiga el olor que tienen otros mundos y otros mares. Oiremos el canto de los vientos, juglares de risas y lamentos para que nos digan por dónde se fue la primavera.

Yo no soy el caminante pero he andado caminos…Yo soy un marinero anclado en tierra pero que no ha dejado de surcar los océanos del sueño… He transitado los colores del día y la noche… He vivido la historia de los mundos que pueblan mis ramazones… He reído con cada árbol que nace, y he llorado con cada árbol que muere.

Mi vida toda es un eterno abrazo. Estoy enredado a la tierra en un abrazo profundo y filial; estoy unido al sol, con mis brazos abiertos, extendidos, tratando de alcanzar la punta de sus dedos amigos; estoy volcado al peregrino que busca en mí los besos de la sombra y del cobijo… Abrazo, abrazo y abrazo hasta el abrazo en que mis hojas se abrasan y se tornan marchitas y parduscas… He desentrañado el misterio de mis abrazos para encontrarme contándote del tiempo en que los árboles habitaban los pueblos.

¿No ves, ahora niño, que mis ramas tiemblan…? Estoy llorando, niño, porque has llegado tarde y porque se han escrito páginas de destierro para los tristes árboles que tiene tu ciudad.

¿Oyes el viento…? Ya no canta, solo solloza porque no tiene parques por donde corretear. ¿Y la brisa…? Mírala perseguida por los olores rancios que quieren atraparla y convertir sus cabellos en venenos metálicos que ahogarán sin piedad mis hojas nuevas.
¿No escuchas los murmullos que trajinan el cielo…? Son las nubes y las estrellas que pugnan por asomarse tras la cortina mortecina de humo y de ceniza que las ha separado de nosotros. ¿Y ese agudo lamento que se estira hasta volverse eco ensordecedor en nuestros poros…? Es el río que agoniza en una cárcel de fango y hojalata…

Hasta la misma lluvia se aparece a destiempo para salir huyendo, torpemente, al no encontrar las flores con quienes conversar…

Veo con terror visceral cómo avanza, palmo a palmo, el asfalto, el hierro y el concreto…

Estoy llorando, niño, porque soy un árbol solitario de ciudad…

Me aferré a la existencia cuando te vi asomado a la ventana, ofreciéndome sueños y mirándome como sólo se puede mirar a un buen amigo… Me has hecho humano, niño, y quisiera yo hacerte un árbol-niño.

Dirige tu mirada a la ciudad y busca su regazo de madre, la pobre llora, desde hace tiempo, porque nadie se acuerda qué se hizo o dónde está…

Haz retornar, con llamada de pájaro, al viento bueno y a la bella brisa. Convoca a la lluvia para que lave las heridas del río…

Abrázame, niño, para acunarte con la paz del sol, de la tarde y del llano… Llévame por el mundo en tu sonrisa y enséñame otros niños…

Quizá un día, mañana, podamos rescatar el sentido perdido de las cosas…

Riega el verde de mi canto por los monstruos de hormigón y cemento, verás así el otro rostro de los hombres…

Abrázame, niño, que yo te daré mi corazón de jade y esmeralda para que aprendas a amar a la gente, a la tierra, a tu ciudad…