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Tulio Febres Cordero nació en Mérida el 31 de mayo de 1860 y muere el 3 de junio de 1938. Hijo de Foción Febres Cordero y de Georgina Troconis y Andrade. Sus primeras enseñanzas las recibe de sus padres y de sus tíos Favio Febres Cordero e Indalecia Almarza, pasando luego a la Escuela de Varones de Mérida.

En 1871 ingresa a la Universidad de Los Andes para seguir los cursos de Latinidad y Filosofía, graduándose de bachiller 7 años después. Durante esta etapa toma lecciones de diversos oficios que le serán de gran utilidad en el futuro: zapatería, relojería, tipografía, encuadernación, caligrafía, dibujo y pintura.

 

OBRA LITERARIA: Don Quijote en América o la cuarta salida del ingenioso hidalgo de la Mancha (Mérida, 1905), reedición actual (Mérida, Vicerrectorado académico, 2005). Archivo de historia y variedades (Caracas, 1917), En broma y en serio (Mérida, 1917) Colección de cuentos (Mérida, 1902 y 1930), reeditados como Cuentos (Mérida, Ediciones Solar, 1994). Tradiciones y Leyendas (1911), Las nieves de antaño; pequeñas añoranzas (Mérida, 1958), Mitos y tradiciones (Caracas, 1952). Estos últimos han sido reeditados juntos, desde hace varios años, en Caracas por Monte Ávila. Memorias de un muchacho (Vida provinciana). (Mérida 1924). Entre muchas otras obras que aún se siguen reproduciendo.



 
 

 

 

 
 

 

LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS

(De Mitos y leyendas de Mérida)



Cinco Águilas Blancas volaban un día por el azul del firmamento, cinco águilas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas. ¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena solo dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota.

Eran aquellos los días de Caribay, el genio de los bosques
aromáticos, primera mujer entre los Indios Mirripuyes, habitantes de los Andes empinados. Era hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; y remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina y jugaba como el viento con las flores y los árboles.

Caribay vio volar por el cielo las enormes águilas blancas, cuyas plumas brillaban con la luz del sol como láminas de plata; y quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corría sin descanso tras las sombras errantes que las aves dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió a un monte y a otro monte; llegó al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las montañas andinas. Las palmas lejanas e inmensas, se divisaban por un lado, y por el otro, una escalada ciclópea, jaspeada de gris y esmeralda, la escalada que forman los montes iba por la onda azul del Coquivacoa.

Las águilas blancas se levantaron perpendicularmente sobre aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra. Entonces Caribay paso de un risco a otro risco por las escarpadas sierra, regando el suelo con sus lágrimas. Invocó a Zuhé, astro Rey, y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista, y el sol se hundía en el ocaso. Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, invocó a Chía, la pálida luna, y al punto se detuvo el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas, y su vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte. Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna había aparecido, y en torno a ella volaban las cinco águilas refulgentes y fantásticas.

Y en tanto que las águilas descendía majestuosamente, el genio de los bosques aromáticos, la india mitológica de Los andes, moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar. Las misteriosas aves revoloteaban por encima de las crestas desnudas de la cordillera, y se asentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silentes, con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de
remontarse nuevamente al firmamento azul.

Caribay quería adornar su coraza con aquel plumaje raro y espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarle las codiciadas plumas, pero un frío glaciar entumeció sus manos, las águilas estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de hielo. Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un misterio
pavoroso.

La luna se oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos, y las águilas blancas despiertan. Erízanse furiosas y, a medida que se sacuden sus monstruosas alas, el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con su plumaje blanco.

Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida. Las cinco águilas blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas, y el silbido del viento en esos días de páramo es el remedo del canto triste y monótono de Caribay, el mito hermoso de los Andes de Venezuela.

(1916)

Autor: Tulio Febres Cordero

 

¿Me compra el gallo?



Hombre manso, apacible, incapaz de matar una mosca, tal era el doctor Cienfuegos. Pero cuando llegaba a ponerse bravo, era un polvorín, estallaba como una bomba; por lo cual él mismo procuraba dominar su carácter irascible hasta donde las circunstancias lo permitían.

Cierto día, estaba muy ocupado redactando un alegato, cuando fue bruscamente interrumpido.

—Tun, tun, tun.

—¿Quién es?

—Buenos días, doctor... ¿Me compra este gallo?

—No señor, no compro gallos.

—Está gordo.

—No lo necesito, ni gordo ni flaco.

—Es de buena cría.

—Le digo que no le compro el gallo.

—Se lo doy muy barato.

—Aunque así sea.

—Es nuevo y bien emplumado.

—No, mi amigo, no le compro el gallo.

—¡Qué lástima! Deja usted de hacer un buen negocio. Vamos, hasta por cinco reales.

—Ya le he dicho que no necesito gallos.

—Pero véalo usted: es una preciosura.

—Aunque sea, no se lo compro; y hágame el favor de retirarse, porque estoy sumamente ocupado.

—Mire, doctor, que estas ocasiones no se presentan todos los días. Anímese, pues, y me compra el gallo.

—Al fin, mi amigo... al fin me pone usted en el caso...

—De comprarme el gallo, ¿verdad?

A Cienfuegos le estalla el apellido por todos los poros del cuerpo, y arremete contra el tenaz vendedor, a quien rompe las narices y saca a trompadas hasta la puerta de la calle.
Gran escándalo. Acuden los vecinos y la policía. El hombre muestra la cara ensangrentada, y el doctor bufa de pura cólera. La policía lo arresta; y entonces el malherido vendedor, volviendo a coger del suelo su gallo, se interpone entre la autoridad y Cienfuegos, diciéndoles:

—Yo no pido cárcel para el doctor, sino otra cosa; y todo quedará arreglado.

—¿Qué cosa? -preguntó la policía.

—Que el doctor me compre el gallo.

—¡Ah, grandísimo bellaco! -exclamó Cienfuegos, yéndosele encima.

—No se enfade otra vez doctor: el gallo es bueno y barato.

Al fin el doctor, aconsejado por la policía y para cortar el escándalo, porque la gente llegaba como a campana tañida, resolvió aceptar la transacción.

—Tome pues, amigo, los cinco reales y asunto concluido.

—Mil gracias, doctor. Dígame ¿a qué hora lo hallaré mañana en su casa?

—¿Y qué más quiere usted conmigo?

—Es que tengo otro gallo mejor que éste.

—¡Otro gallo!

—Sí, señor, para ver si me lo compra.

—Un trabuco naranjero es lo que voy a comprar ahora mismo, para quitármelo a usted de encima -exclamó Cienfuegos dispuesto a cometer una diablura, y con razón.