La autora nació en Santurce, Puerto Rico. Es poeta, narradora, guionista, dramaturga y compositora de música popular.

Ha publicado los poemarios Dimensiones en el amor (Ramallo Brothers Publications, Puerto Rico, 1992), galardonado en Nueva York con el premio Palma Julia de BurgosEntre Dimensiones (Editorial Isla Negra, Puerto Rico, 2002), el cuento juvenil Aurora y sus Viajes Intergalácticos (Planeta, 2003) y el poemario Volar Sin Alas (Ediciones Baquiana 2012).

El fenecido jazzista Jon Lucien incluyó sus letras en varios discos: Mother Nature´s Son (1992), Man From Paradise (1993), Endless is love (1997) y Jon Lucien by Request (2003).

Recibió el Primer Lugar con la letra de la canción “Vive Hoy” en el III Festival Iberoamericano de la canción de Puerto Rico y Argentina. Premio de Lírica Popular del Instituto de Puerto Rico en New York (1995).

Su nombre fue incluido, como parte de los escritores puertorriqueños que residen en los EE.UU., en la Enciclopedia del Español en Los Estados UnidosAnuario del Instituto Cervantes (Editorial Santillana, 2008).

Sus poesías y textos han sido publicados en múltiples antologías y publicaciones colectivas en Argentina, España, Estados Unidos, México, Perú, Brasil, Puerto Rico y Venezuela. Biografía completa: www.mariajuliana.com

     

CONTACTO:

mariajuliana@hotmail.com

www.mariajuliana.com
Presentación del libro Volar sin alas



OBRA LITERARIA:

Dimensiones en el amor (San Juan, Puerto Rico, 1992), Aurora y sus viajes intergalácticos (Mérida, Fondo Editorial La Escarcha Azul, 1997; 2da Ed. Planeta Junior, San Juan, Puerto Rico, 2002), Entre dimensiones (San Juan, Puerto Rico, Isla Negra, 2002). Tiene inédita una novela: “Biografía astrográfica”. Sus poemas han sido incluidos en algunas antologías como The American Society of poets, American biographical Insitote (1991), Awake to a dream (Watermark press publication, 1991), Mujeres 98 (Creación femenina, 1998), Entre el fulgor y los destellos, y Ontolírica del canto (Ediciones Maribelina, 1997, 1999), Antología compartida de poetas hispanos de Miami (Editorial Nosotros, 2000), La poesía hace que sucedan cosas /Doce poetas latinoamericanos y Como ángeles en fuego (Perú, 2004), y en las revistas literarias Solar y Aleph (Mérida, Venezuela), Olandina (Perú) Francachela (Chile), Nemesis y Mano; Alborada, en Bilbao. Volar sin alas ( Ediciones Baquiana, miami 2012).

 

 


CAEN LAS HOJAS

Caen las hojas lentamente
Una se detiene a mis pies
La tomo en mi mano para guardarla
Recuerdo de un otoño en Madrid
Salimos de una tasca cualquiera de la ciudad
Risas, algarabía, burlerías
Amigos disfrutando la noche
Cruzábamos la calle casi con premura
Tenía que partir al otro día
Sobrevolar el mar para el regreso
Me despedí a la salida del metro
Con nostalgia presentida
Ya casi amanecía al acercarme
al hotel
Un camión se detuvo delante
Dos puertas enormes se abrieron
Asustada me detuve
Un presagio fuerte inundó mi alma
Presentí que algo no andaba bien
Entonces las vi
Las bajaban del camión una a una
Mujeres a las que les colocaban en brazos
Niños inertes que no protestaban
Niños que no lloraban
Muñecos enajenados, narcotizados
Parecía un acto normal
Comienzo de una nueva jornada
Ante mis ojos pasaban
Mendigos silentes, indefensos

Yo, imantada a la pared de un edificio
Impotente, asustada
Sintiendo la luz del nuevo día
Iluminar la escena
Cubierta por una sombra
Tinieblas que a la luz del día
Causan
Mi rubor infinito
Siguen cayendo las hojas!

 

 

CONDENA

Tenía todo listo

para embrujarle, hacer
que me amara más
cada día
el lápiz rojo de madera,
la vela rosa
aquellas más pequeñas azul y verde
su fotografía
y aquel objeto que dejó atrás
o tal vez olvidase
tenía las tres rosas blancas
todo el conjuro para atraparle
en esa habitación de una sola puerta
con una ventana a la luz de la luna
tal vez importaba su fase
era la media noche de un viernes impar
complementé todo con un perfume aromático
¡sólo
para condenarme! 

 

 

EN VIENTRE AJENO

El micrófono en la habitación
emite el sonido casi campanario
del martilleo constante de la máquina que alimenta
los últimos aires que respira
El padre se desprende lentamente
Desde muy joven no dormía en esa casa
tan extraña y a la vez tan familiar
Cada golpe de ruido en esa otra habitación
despierta el presagio de una vida que se apaga
el padre ya no abre los ojos
no te mira
pero sabes que te escucha
y te silencias para escucharle también
pides, rezas para que se apiade quien sea
que esté a cargo de ese menester
y le acompañas a despertar en otros parajes
mas nobles que éstos que hoy deja
El padre ya dijo que te amaba
se despidió, rogó le llevaran
Hoy en el silencio sepulcral que no se escucha
por los sonidos de la máquina
la hija y el padre
se dicen tantas cosas, se sienten
Así como cuando él le hablaba estando
en el vientre de la madre
así, se dan amor mutuo en ese mundo verdadero
que de tan sencillo
pocos pueden ver o disfrutar
El padre ahora es niño en vientre ajeno
querido por siempre.

 

 

CIEGA

Me he mirado a través de sus ojos
soy una mujer orientada
casi loca
que intenta contagiar su locura
soy una ajustada
que habla con las estrellas
comunica con los astros
a la que visitan entes
de otros universos
me miré a través de sus ojos
y sólo vi
unos ojos terriblemente
ciegos.

 

 

QUEBRADA MUJER

Yo, quebrada
riachuelo que se pierde en medio de la montaña
escondida bajo el follaje, entre alimañas y piedras
esperaba llegara, quien mi corriente disfrutara

Te acercaste tú, hombre solitario
te posaste a mi orilla
tus manos acariciaban mi costado
yo enmudecida, no permití que mis aguas crecieran
y olvidaras que en ese rincón de selva
existía, plácida, dormida

Siempre, a la misma hora, sentado a mi orilla
escuchaba el latido interno.
el lamento sordo de mirada perdida
en mis aguas estancadas
rostro de nombre secreto
despertabas mis claros de luna
deseaba penetraras mis aguas
para lamerte el cuerpo, con mi corriente cristalina
pero te marchabas y quedaba sumida.

Un día tú, hombre tímido, te desnudabas
se agitaron mis aguas cuando penetrabas mi mundo
y crecí bravía deseando ser río
te arrastré en mi corriente sintiéndote nadar mis adentros
me moldeaban tus manos, respirabas por mis poros
y sólo aquel paraje del bosque conoció
como las aguas de una quebrada
se convierten en río y se desbordan.

 

 

DAMAS DE LA NOCHE

Trascendida por la realidad
hoy, Madrid me sabe a lágrima
imantada en el dolor
cae la noche
desde mi ventana del Meliá
veo aparecer
las damas de la noche
tristes
sonreídas
tiritando de frío
proyectando vuelos imaginarios
yo, una sombra en el encuadrado
de una ventana entre mil
testimoniando
su falsa verdad

 

 

ES CIERTO

Dios mío
si es cierto que estás ahí
dentro de mí
que vives en esa profundidad
de mi mundo interior
que siempre me acompañas
que no estás allá, lejos
perdido en un punto del universo
esperando por mi
para recibirme cuando parta
si estás y eres un solo ser
atado al mío
entonces Señor
¡Qué solos andamos los dos!

 

 

AURORA Y SUS VIAJES INTERGÁLACTICOS
(fragmento)

Ella vivía en aquella casona que le parecía una nube blanca. No sabía si había sido construida con cimientos de paja, arena o trigo. Desde que murieron sus padres, la hermosa muchacha que vivía sin familia cerca de la Laguna Negra, se sentía flotando en una nebulosa de sueños. Le faltaban sus padres, sí, pero llenaba sus horas de soledad, escribiendo los relatos que brotaban como nardos de su frondosa ima­ginación. Ángela, su tutora y amiga, y Jandro, el jardi­nero, la observaban por las noches, mirando la oscuridad, caminando por los senderos de las estrellas en busca de nuevas historias.

Había una estrella muy especial, un lucero brillan­te a quien Aurora llamaba Milsy. A menudo guiñaba los ojos cuando la veía en las noches, acostada boca arriba en la grama del gran jardín, mirando hacia el lejano cielo. Y Milsy sabía que cuando Aurora hacía esto era porque estaba triste. Entonces la traviesa estrellita la invitaba a recorrer el mundo de otras galaxias, y Aurora sin pensarlo se iba a acompañarla. Le parecía tan graciosa su amiga estrella, sólo tenía que cerrar los ojos y Milsy se le acercaba juguetona cubriéndola de una luz brillante, diciéndole al oído: “Vamos, date prisa, vámonos antes de que nos descubran”.

Y así, poco a poco, en sus escapadas con Milsy, Aurora fue descubriendo otros mundos, otros seres que aunque diferentes, la llenaban de felicidad.

Eran seres extraños, no eran iguales físicamente pero eran tiernos, y como ella eran hermosos en su interior y le enseñaban de sí mismos y de las maravillas del universo. Con ellos, Aurora aprendió que más allá de su planeta Tierra, entre las nubes y las estrellas, no importaban las apariencias; había algo más importante que confirmar las cosas en un laboratorio, que no todo se explica científicamente. Y quería seguir volando, volando, volar en las noches claras y visitar la luna y mirar cara a cara, de frente y sin temores a la Estrella Madre que la guiaba.

Por eso cada vez que regresaba a su vida rutinaria se sentía aburrida y extraña. Ángela y Jandro dudaban de su cordura. Una noche cuando el jardinero la encontró soñando despierta y ella quiso contarle de sus viajes, él, escandalizado, replicó: “Niña, primero debo decirle que sólo existe una galaxia. ¡Eso todo el mundo lo sabe! Déjese de inventar tantas tonterías porque si no van a pensar que usted está loca. Y segundo, mejor hable con las plantas para que se pongan hermosas y olvídese de esa locura”. Ella, alejándose triste gritaba “galaxias, galaxias, galaxias” y pensaba, qué diría él si supiera que no sólo existe más de una galaxia, sino también más de un universo. “¡Qué tontos!” se decía a sí misma, si tan sólo supieran de las maravillas de otros mundos, de lo buenos y divertidos que eran sus amigos, pensaba un poco frustrada.

Aurora necesitaba quien creyera en ella, no todo es “ver para creer” como pensaban los seres de su planeta Tierra. Por eso soñaba con encontrar a su Príncipe de Otra Galaxia que un día vendría a buscarla... y así dejaba correr su imaginación y se pasaba las horas leyendo libros en la biblioteca de la casona.

Una noche mientras paseaba por los cielos tomada de la mano de su amiguita Milsy, Aurora le propuso ir a pasear por esos otros mundos y llegar, quizás, a un planeta desconocido. Y Milsy, que era igual de traviesa y juguetona se la llevó por otros rumbos. En el camino se cruzaron con un astro fugaz, era el Príncipe de Otra Galaxia. Fue sólo una fracción de segundo, pero le bastó a Aurora para saber que era él, sabía de su existencia desde siempre porque lo presentía. Estaba presente en sus sueños. Imaginaba que tal vez, en la distancia a través del tiempo, lo volvería a encontrar. Sabía que era su alma gemela. Así pasaba el tiempo y ella soñaba, soñaba y esperaba.

Un buen día su amigo Kixt, jefe intergaláctico de otra especie, la despertó de madrugada. Su corazón comenzó a latir con una fuerza desconocida. Cada vez que la llamaba le daba una cosquilla en el corazón, como si le pasaran suavemente algodón en la piel. Era una señal y entonces ella le daba entrada a su amigo para hablar. A veces tenía tanto sueño que rehusaba despertar. Kixt insistía si era importante lo que debía comunicarle y seguía haciéndole cosquillas. Ese día le dijo “Perdona que te despierte pero tú sabes que es la hora más segura para que nos comuniquemos. Ayer me encontré con un amigo de otro Planeta y me pidió un favor. No podía creer lo que me contó”.

Aurora se sentó cerca de su ventana mirando ha­cia el cielo y sintiendo con claridad lo que le transmitía Kixt. Le contó que su amigo era el “Príncipe de otra Galaxia” que ella tanto esperaba y del cual le había hablado. Él le había preguntado si conocía a una chica que vio un día desde lejos y que iba acompañada de una estrellita muy juguetona. Sólo fue un instante pero su imagen quedó grabada en su mente. Desde ese momento no dejó de pensar en ella. La estaba buscando por todas partes. En su mirada vio reflejada la bondad de un alma buena. Esa intensidad en la mirada, más que la imagen, era lo que nunca olvidaría. Quedó seguro de haberla visto antes, tal vez en sus sueños. Ello le llenó de una fuerza muy grande que lo impulsó a buscarla. Como sabía que Kixt era un amigo muy andariego, que le encantaba andar con toda clase de seres de diferentes planetas, le preguntó si la conocía. Kixt, por su parte, pensó que era la misma historia que hacía unos días le había contado su amiga Aurora. ¡Tenía que ser ella!

—“¡Claro que la conozco!”, le dijo Kixt, “Es una gran chica, se llama Aurora y es del Planeta Tierra”. El Prínci­pe se quedó un poco serio, además de asombrado, al sa­berlo. Sabía que en el planeta Tierra los seres intergalácticos como él, casi no existían y no eran muy queridos, que allá negaban toda existencia que no pudieran entender. Tal vez ella sería diferente y no lo rechazaría. Al verla, él había sentido que Aurora era una princesa. Se animó al pensar que si la vio en un viaje astral, ella sería diferente. Además, si la emoción que sintió al mirarla era real, ella tenía que ser especial. Fue por esto que le pidió a Kixt que la localizara e hiciera una cita con ella para verse.

Aurora no lo podía creer. ¡Tenía que ser él! Tenía que ser el Príncipe de sus sueños, el que sabía volar alto, tan alto que conocía de universos, de versos, de sueños. El que de verla sabría que era ella, que le esperaba de siempre, por eso supo al verle que ese día llegaría. Kixt le dijo que le avisaría el día y la fecha del encuentro. Se preparó por semanas a la espera de su llegada. Comenzó a hilvanar cuentos, algunos que esperaba que aún él no habría escuchado, y tejió ensueños para sacarlos cuando llegara. Tenía que dejarle saber que ella no era como todos en la tierra. Que conocía de otros mundos.

 

Moría lentamente como mueren los días,
hasta que al fin se me cayó en el alma, muerto.

Desde entonces
no soy sino la historia de él.